Saben nombrar los ríos Sella, Navia, Purón o los montes Sueve o Auseva sin haberlos situado en mapas o en libros de geografía. Conocen la palabra “hórreo”, pero no la asocian a la estructura de madera que sostienen cuatro columnas para proteger los granos de la humedad; repiten la palabra “asturcón” sin conocer esa especie de pony en una región llamada Asturias, al norte de España. Centenares de niños juegan en equipos de fútbol del Centro Asturiano de México que evocan nombres de ríos, montes y de otros símbolos del Principado de Asturias.

Este terruño asturiano en México nació como equipo de fútbol en 1918, pero se convirtió en más que un simple club. Este espacio de encuentro deportivo, cultural y social fortaleció vínculos no sólo entre los asturianos en la Ciudad de México, sino también con españoles de otras provincias, hijos de españoles y mexicanos que se relacionaron con estos grupos.

Aunque heterogénea en cuanto a la provincia de origen, las causas de su “exilio” y su posición social, la “colonia española” coincidía en diversos círculos deportivos, intelectuales, culturales y sociales que crearon los españoles emigrados a México antes, durante y después de la Guerra Civil. Como aún ocurre hoy, muchos compañeros o adversarios en el campo de fútbol compartían aula en el Colegio Madrid, creado por republicanos que se inspiraron en las ideas de Francisco Giner de los Ríos y en el modelo del Instituto Libre de Enseñanza. Estos grupos de españoles celebraban festividades típicas asturianas y españolas y se concentraban en distintas zonas de la ciudad en función de su poder adquisitivo.

El “club asturiano” o “el asturiano”, a secas, tiene unos 15.000 socios, cuyas cuotas sirven para mantener los campos, las piscinas, los vestuarios, el gimnasio, las pistas de tenis y de frontón, los jardines, la cafetería, el restaurante y los espacios en común. Además del centro de la Ciudad de México, hay otro en Cuautla, en el cálido estado de Morelos, a dos horas en coche desde la capital. Este centro tiene su propio hotel y que cuenta con toboganes y varias piscinas.

Pero ninguna otra actividad deportiva o cultural despierta tanto interés como el fútbol desde las primeras categorías infantiles hasta las de veteranos. A veces se ven calidad, juego de toque y golazos. Otras veces predominan los piques, las provocaciones y el juego ríspido dentro del campo, los gritos, insultos y discusiones en las gradas, como ocurre en el fútbol amateur de muchas partes del mundo. Cuando se desbordan, esas pasiones pueden conducir a conductas contrarias al fair play.

Pasión por el fútbol

En 1944, lejos de la brutalidad de la guerra en Europa, el Club Asturias se convertía en el primer campeón del fútbol profesional de México. Lo fundaron José Menéndez Aleu, Ángel H. Díaz y Antonio Martínez Cuétara en 1918 para materializar su pasión por el fútbol en la tierra que los había acogido. El Asturias venció 4-1 al club España en el partido que se jugó para romper el empate en puntos de esa primera temporada, aunque el Real Club España, el acérrimo rival, se llevó el campeonato un año más tarde.

La llamada “colonia española” contribuyó a la cristalización del fútbol que comenzaron unos mineros ingleses a principios de siglo, con la creación del Pachuca Athletic Club en 1901. Antes del “asturiano”, en 1912, se había formado el Real Club España, que también funciona como centro deportivo y cultural. Eventualmente tanto el Centro Asturiano como el Club España se retiraron del circuito profesional pero, durante décadas, han surtido de cantera al fútbol profesional mexicano, como lo hicieron otros equipos que jugaban en la Liga Española en México.

En el Centro Asturiano jugaron, entre otros, futbolistas profesionales como Roberto Gómez Junco, hoy destacado comentarista deportivo en la televisión; también Luis Fernando Tena, entrenador de éxito en el fútbol nacional, Jaime Ordiales, Miguel España, José Antonio “Tato” Noriega y Alberto García Aspe. Este último, ex jugador del Pumas, de Necaxa y de la selección mexicana, jugó en el Río Sella del Centro Asturiano.

Amigos del Sella

Este club con el nombre de uno de los principales ríos de España ha fomentado vínculos de amistad que trascienden las edades. Cada determinado tiempo se ven en las redes sociales fotos de ex compañeros de cancha compartir momentos de risa, con o sin las familias que muchas veces crecen en números y en integrantes. Organizan comidas y se reúnen con cualquier pretexto, pero casi siempre acaban rememorando aquel gol imposible, aquella final, aquella humillante goleada, aquella expulsión que nadie puede olvidar.

“No me será posible asistir […]. Espero que al próximo pueda […] y percibir que las expectativas de formación y trabajo que en su momento compartimos, ahora estén materializados en hombres de bien con futuro cierto y exitoso. Sobra reconocer que valió la pena el esfuerzo desarrollado, el trabajo aportado y la disciplina adquirida para la realización de todos”. Así se dirigía González Larrazolo a sus antiguos pupilos. Cuando se juntan, alguien suele rememorar la dimensión formativa y de valores que este amante del juego de toque y de la disciplina aportó a sus años de fútbol, además de los éxitos deportivos. González Larrazolo fue futbolista seleccionado nacional y luego entrenador. Con él a la cabeza y con Agustín Vázquez Vega, padre del otro Agustín, el “Sella” tuvo sus mejores años futbolísticos.

Vinieron nuevas generaciones con nuevos entrenadores que compartían los mismos valores y que han sabido dar continuidad a las relaciones entre compañeros de equipo fuera de los campos de fútbol transcurridos tantos años. Esta complicidad permite que se junten, de cuando en cuando, jugadores con más de veinte años de edad de diferencia para comer, beber, compartir viejas glorias pero también miradas y silencios. Así alimentan ese “unicornio azul” que cada uno añora de su infancia y juventud.


Texto editado y actualizado a partir del original publicado en Football Citizens