Estaba en Madrid el 11 de marzo de 2004, cuando las bombas sembraron el terror y segaron la vida de 193 personas en un atentado que, junto a otros que le precedieron y le siguieron, ha cambiado la forma de entender la seguridad y de abordar el terrorismo internacional.

Acababa de volver de un viaje a Marruecos con otros 50 estudiantes de periodismo, entre quienes estaban mi gran amigo Alberto Sierra Asensio, co-director de Espacio Méx, y Carlos Torres Prieto, colaborador desde la Ciudad de México. Participábamos en los seminarios de periodismo del profesor José Carlos García Fajardo, que fomentaba viajes y encuentros para conocer la cultura árabe. No se trataba sólo de entrar en contacto con una cultura ignorada y despreciada en Occidente, sino además de conocer una parte de nuestra propia cultura que se nos ha ocultado en los libros de historia.

Recuerdo la noticia en boca de mi primo al despertar ese 11 de marzo. “Un atentado con bombas”. Pensé en Al Qaeda, quizá influenciado por mi experiencia el 11 de septiembre de 2001 como estudiante en Estados Unidos, donde volvería días más tarde para terminar mi carrera de periodismo y ciencias políticas.

La supuesta autoría de ETA en la que insistía el gobierno sonaba a intento desesperado de mantenerse en el poder a pocos días de las elecciones. Resultaban forzadas y poco convincentes las declaraciones del entonces presidente José María Aznar y del Ministro del Interior, Ángel Acebes. Parecía que buscaban tiempo para que la gente no castigara con el voto el apoyo del gobierno a la invasión de Irak a pesar de las masivas movilizaciones en contra. Muy pronto se descubrió que Al Qaeda había perpetrado los ataques.

Semanas antes, las encuestas de intención de voto para las inminentes elecciones en España daban como claro ganador Mariano Rajoy, quien estaba llamado a convertirse en sucesor de Aznar en la derecha y en el poder. La mentira movilizó a millones de personas en España que llenaron las calles de toda España en una tarde lluviosa y triste que recuerdo a la perfección, como recuerdo la cara de circunstancias de un presidente mentiroso al frente de esa manifestación para repudiar el terrorismo.

Muchos salíamos también para manifestar la indignación contra un gobierno al que no le importaba ningunear a las víctimas, a sus familiares y a todo un país con una mentira sobre la autoría de los atentados con tal de mantenerse en el poder. Esa movilización ciudadana cristalizó en millones de votos que le dieron la victoria a José Luis Rodríguez Zapatero, el líder del Partido Socialista (PSOE), al que todos daban por perdedor días antes.

Alumnos del Taller de Periodismo Solidario

Aprendí importantes lecciones sin haberme convertido aún en periodista con título. Siempre habrá gente en el poder dispuesta a lo que sea para mantenerse ahí. Pero la gente unida puede conseguir que eso cambie; las manifestaciones y las movilizaciones sí sirven para cambiar la realidad, como lo demostró años más tarde el 15M y como lo demostraron las movilizaciones feministas del 8M hace unos días. Muchos decían que no había servido para nada el NO A LA GUERRA antes de la cruzada de George W. Bush para derrocar a Saddam Hussein con el apoyo de Tony Blair y de Aznar. Pero esa indignación coordinada y bien canalizada cristalizó poco después de 11 de marzo.

Me impresionaron el compromiso y la implicación de muchos de mis compañeros que participaron en las manifestaciones. No necesitaban trabajar en ninguna redacción o ser periodistas influyentes para expresar su opinión y su repulsa, para decir “ya basta”. Aunque, con el tiempo, muchos han llegado a cumplir sus sueños como periodistas, o al menos están en ello. Me marcaron para siempre esta solidaridad a la que no estaba tan acostumbrado. Ese compromiso social que tanto me enamoró ha contribuido a que volviera a España para quedarme, para hacer mi vida, mi carrera profesional y formar una familia.