«‘Es que tío, eres un pesado’, me dijiste después, semanas, meses, cuando ya habían crecido plantas con garras entre tú y yo. Ya no entraré al Prado. Hasta que algo me cure. Ya no veré los tenues ojos de agua, secos, que inician donde acaba tu espalda», dice nostálgico el protagonista de este relato de amor y desamor.

Por Octavio Escalante

No volveré al Prado. Todo en él me recuerda a ti, a tu piel, que para mí es el principio y el fin de un Sahara y que aparece aquí y allá en los monumentales vestigios que la historia y su ánimo opulento decidió dejar, por lo pronto, en ese museo.

Ya no entraré al Prado. Hasta que algo me cure. Ya no veré los tenues ojos de agua, secos, que inician donde acaba tu espalda. Porque adonde mire habrá psiques y pasifaes, andrómedas, elenas o ledas sosteniendo sus carnes con cara apacible, viendo nacer a sus hijos de entre cascarones de cisne o devorados por su padre. Como si frente a ellas no pasara nada. Como si aquí dentro, esos rostros tranquilos no fuesen un clamor insoportable por volver a ti.

Pero ya no entraré al Prado, criatura de muslos como el susto. De ti, de ti no hay cosa que no recuerde y que no me recuerde ese palacio. Si es verdad que cuando caminábamos entre el bochorno de los otros yo me quedaba quieto frente al San Jerónimo de Marinus, con la mirada de quien ve su futuro en un cadáver, también sentía que te escurrías de tantas otras obras, con un temblor multiplicado en las noches de nuestra semana. ¿20 años? ¿Saltando de un nenúfar a otro puede uno llegar a esa edad? ¿Cómo se puede ser Godiva o ninfa y ser fragua a un tiempo?

–Mira, para ti –dijiste, entregándome una postal del San Jerónimo, como si no fuera un mal augurio traspasar una belleza de óleos forjados en la cuneta de los siglos a la triste cuadratura de un papel satinado.

–Gracias– te dije. Gracias, pensé, pero esto de sumar reproducciones en nuestra habitación nos reduce caminatas, y esta materia con la que envolvemos el café para llevar, algo ha de estar reduciéndonos en lo más hondo.

Es que, tío, eres un pesado– me dijiste después, semanas, meses, cuando ya habían crecido plantas con garras entre tú y yo.–No hace falta que estés con esa puta pose de poeta o de suicida o no sé de qué vayas. Estábamos bebiendo tranquilos y nos sales con una chorrada de ésas. No te lo quería decir pero ésos amigos del viernes eran los últimos tres amigos que tenía a los que no les habías soltado una puya. Y yo no quiero estar saliendo sola contigo el resto de la temporada. Tenemos que convivir y tú sólo quieres estar contándome tus cosas, tomando vino peleón y mete que saca. Lo siento mucho, Borja, pero tengo que decirte que te vaya bien– terminaste.

Tal vez sea tiempo de que vuelva al Prado y piense en esos cuadros como en la imagen de cualquiera, no sólo la tuya. O tal vez sea tiempo de que frecuente más la sala Caracol. Este sábado tocan los Guacamayo Sound System y ésos no se andan con chiquitas.