«México es ganarle a Alemania y perder contra Suecia, que una familia te abra las puertas de su casa después de un terremoto y pedirle al conductor de Uber que se salte un semáforo para dejar atrás al coche que acaban de asaltar». Después de vivir trece meses en México, el periodista español Carlos Torres se despide del País con esta emotiva carta.  

 

Por Carlos Torres

Hace días que me cuesta dormir. Me despierto en mitad de la noche, me giro a un lado, me giro al otro y, cuando ya no tengo hacia dónde más girarme, le doy la vuelta a la almohada para ver si el lado más frío del relleno me anestesia el cerebro. Ya lo sé. De todas las personas que conozco creo que soy la única tan pendeja como para que el jetlag se me adelante. Quizás es que sufro de ese síndrome que dicen que afecta a los españoles en este país y que les hace llorar dos veces: una cuando llegan y otra cuando se marchan. Lo cierto es que nosotros llegamos a esta ciudad hace algo más de trece meses sin ninguna intención de llorar pero sin saber bien con qué nos encontraríamos. Tampoco es que ahora lo sepamos porque ahí es donde reside uno de sus encantos.

De hecho, hace poco escuché a un chef decir en un programa de televisión que México es como el sueño americano pero metido dentro de Mad Max. No estoy seguro de que sea una buena definición. Si me pidieran la mía diría que para mí cada día en el DF ha sido como vivir en la mecha de una bomba. Porque México es ganarle a Alemania y perder contra Suecia, que una familia te abra las puertas de su casa para que no te sientas solo después de un terremoto y pedirle al conductor de Uber que se salte un semáforo para dejar atrás al coche que acaban de asaltar.

México es que un amigo pedalee dos horas para llevarte a conocer la Basílica y que una empresa tarde seis meses en pagarte, citarte a las dos para que lleguen a las tres pero que siempre llegue alguien con ganas de tomar. México es ver volar helicópteros medio vacíos mientras dejas pasar un Metrobús a rebosar, la grieta de un sismo y el humo de un volcán. México es un desayuno que termina en cena, el niño que pide en la calle y el cantante voluntarioso que canta por la voluntad.

México es caminar veinte kilómetros de día y no dar ni un paso cuando pasan de las doce, ir a esperar a tus padres al aeropuerto por primera vez, mandar libros y recibir jamón. México es sargazo en el Caribe y agua en el viaducto, un concierto de The National al lado de una barda que anuncia el próximo show de un antiguo guitarrista de Héroes del silencio, no escuchar la alerta sísmica por estar oyendo a Luis Miguel y bajar a la carrera en pijama cuando confundes las trompetas de los jinetes del apocalipsis con sus ricos tamales oaxaqueños.

Todas esas cosas y unas cuantas más son para mí este país: un lugar que te despierta a media noche porque nadie nos dijo que de todos los temblores que hemos sentido el peor iba a ser el de la despedida. Pero hagámosle caso a José Alfredo y apuremos el último trago, porque al fin y al cabo México no es irse, es colgar el cartel de ahorita volvemos.