En la esquina suroeste de la Alameda de la colonia Santa María de la Ribera está el Salón París. Esta vieja cantina tiene pinta de llevar aquí más años que sus meseros más veteranos. Son las doce y veinticinco y todavía no han abierto pero, como ya estoy dentro y todo el mundo tiene cosas más importantes que hacer que regañarme, me dejan quedarme y me sirven mi refresco. Tengo que hacer esfuerzos para imaginarme cómo sería el local en plena ebullición.

Estamos sólo cuatro empleados, un mar de mesas robustas y yo, que he venido porque dicen que aquí fue mesero José Alfredo Jiménez antes de triunfar. Unos cuadros amarillentos donados por la editorial Plaza & Janés así lo atestiguan: “En recuerdo a José Alfredo Jiménez, cantante entrañable, personaje de la novela: La casa de las mil vírgenes de Arturo Azuela y a la cantina Salón París, el sitio donde empezó a cantar”.

Sin embargo, a las doce y media, mientras los cocineros cortan cebolla para el chamorro que sirven todos los jueves y un señor coloca con parsimonia un bote de sal, otro de pimienta y una buena ración de salsa picante en cada mesa, el único que canta en todo el local soy yo.

Es extraño oír un silencio tan indiferente en un lugar que tal aporte hizo para la música mexicana. De tanto en tanto, un empleado que lleva una camiseta de los Milwakee Brewers me echa miradas que subrayan mi incomodidad. Por suerte, cuando las burbujas de aceite empiezan a sonar en los fogones, la cantina se anima y oigo a un cocinero gritar: «¡Deme chance!» El grito suena a pregón que da por inaugurada la jornada del jueves.

Ahora que ya no me queda bebida, los cuchillos se baten más rápido contra la tabla. Me levanto, pago, dejo mi mesa libre para los futuros clientes y me voy. Detrás de mí, la virgen de Guadalupe y San Judas Tadeo custodian un cuadro de la torre Eiffel iluminada. «Hasta luego, güerito», me dice el mesero. Y no me queda claro qué pensaría Roland Barthes de todo esto.