«Casi la cuarta parte de la población mundial esta hoy inmovilizada en una situación que la economía mundial nunca conoció ni en la II Guerra Mundial», afirma el autor de este análisis, que denuncia la falta de solidaridad de la poderosa Alemania y de Países Bajos para buscar una respuesta común en Europa. 

Análisis de Xavier Caño Tamayo.

MADRID, España.- La pandemia de coronavirus deja ver el desacuerdo en la Unión Europea (UE) sobre cómo financiar la lucha contra la pandemia y abordar las secuelas sociales y económicas derivadas del confinamiento global y cierre de empresas para frenar los contagios. El confinamiento era imprescindible para atajar la extensión del coronavirus, pero ha frenado la economía hasta casi paralizarla o poco menos. Tanto es así que algunas fuentes económicas estiman que en este año 2020 habrá una reducción del PIB, la riqueza producida, del 1% al 3%.

Unas 1.700 o 1.800 millones de personas están confinadas en todo el mundo. Casi la cuarta parte de la población mundial esta hoy inmovilizada en una situación que la economía mundial nunca conoció ni en la II Guerra Mundial. Aunque la destrucción y las muertes fueron apocalípticas en Europa, la economía se activó aceleradamente por la necesidad de efectivos y material bélico para vencer a nazis y japoneses. Al meterse entrar en guerra, Estados Unidos tenía 7 portaviones, pero llegó a construir 160, lo que supuso una enorme actividad económica y muchos empleos.

Tres cuartos de siglo después de aquella catástrofe mundial, de nuevo estamos en crisis. Como recién ha escrito el profesor Javier Pérez Royo, “las crisis retratan a las sociedades, la crisis pone a cada sociedad en su lugar y descubre su política real para hacer frente a la misma, porque lo decisivo es como se reacciona ante la crisis y qué se hace”. Y a favor de quien, cabe añadir.

La principal discrepancia en la Unión Europea gira alrededor de la emisión de los llamados coronabonos, títulos de deuda pública conjunta que proponen España, Portugal, Francia e Italia como imprescindible medida para financiar las cantidades multimillonarios que habrá que manejar, no solo para vencer al coronavirus con suficiente personal y material sanitarios, sino para evitar el colapso y relanzar la economía.

Holanda, ‘paraíso fiscal’ en la Unión Europea

Alemania y Países Bajos se oponen a emitir bonos de deuda pública europea conjunta. ¿No se fían de los países europeos miembros del sur? Para calificar la vergonzosa ausencia de solidaridad de los holandeses, el eurodiputado verde alemán Sven Giegold ha denunciado que “Holanda es un paraíso fiscal que representa lo contrario a la solidaridad europea”. Pues sí, porque, por más que sorprenda, Holanda es un verdadero paraíso fiscal: un territorio soberano donde el anonimato de los poseedores de nutridas cuentas, depósitos y patrimonio es intocable, además de pagarse muchos menos impuestos de los que se debiera. Esa es la descripción de los paraísos fiscales, aunque ahora se denominan con mayor propiedad guaridas fiscales.

Lo inaceptable y difícilmente comprensible es que en toda la trayectoria de la Unión nunca se han emitido bonos europeos comunes, aunque los beneficios para la mayoría de países miembros son innegables. No se han emitido porque no ha querido Alemania. Ángela Merkel, admirable en otras cuestiones políticas, llegó a decir en la crisis de 2008 que mientras ella viviera no habría eurobonos. Solo le faltó decir que por encima de su cadáver.

Países del Sur de Europa: socios, no clientes

España, Portugal, Francia e Italia y acaso Grecia son considerados sobre todo clientes que importan un considerable volumen de bienes y productos de la potente Alemania y esa exportación la enriquece y proporciona mayor poder. Ahora la pandemia ha dejado con las vergüenzas al aire la presunta prosperidad europea que se reduce al consumo desaforado de bienes y productos. Tanto es así que el presidente francés, Emmanuel Macron, nada sospechoso de izquierdismo, reconoce que un grave problema de los europeos es haber devenido tan dependientes de bienes y productos. Cuantos más, mejor. El negocio de Alemania consiste en exportar bienes y productos a los socios europeos. Tal vez por eso no tiene necesidad de emitir bonos conjuntos europeos para que la Unión se financie bien y afrontar lo que viene. Es decir, su solidaridad brilla por su ausencia.

Esa inexistente solidaridad de Alemania y Holanda se enmarca además en un panorama de reformas laborales que han perjudicado a los trabajadores, facilitado el despido más la imposición de una austeridad que ha reducido la protección social, deteriorado el bienestar de las clases trabajadoras y aumentado las desigualdades hasta el escándalo, de modo destacado en España, por cierto.

En ese contexto nada halagüeño estalla la pandemia del coronavirus y se toman medidas drásticas para frenarla. Por eso también hemos podido ver en las televisiones estos días aguas cristalinas en los canales de Venecia, ciervos pastando en ciudades de Japón, pavos reales paseando por Madrid, jabalíes circulando sin temor en Girona… Más un aire mucho más limpio en las ciudades. Desde que se declaró el estado de alarma se ha reducido drásticamente la contaminación atmosférica en las principales ciudades españolas según un informe de Ecologistas en Acción. Una reducción del 55% respecto a la contaminación en esas fechas en la última década. Son los niveles de contaminación más bajos de los últimos 20 años en 24 ciudades españolas.

Esa menor contaminación del aire es un efecto secundario de haber paralizado la economía no esencial, decretada en el segundo estado de alarma. Pero desaparecerá en cuanto arranque de nuevo la economía. ¿No se podría aprovechar la situación para empezar a hacer algunos cambios en una transición sensata, pues desde la pandemia global habrá de nuevo mucho por hacer?

Se podría. Se puede si hay voluntad política suficiente y debería haberla porque se avecinan días duros. Por eso es tan importante que la Unión Europea marche toda en la misma dirección y, para empezar, se dote de la capacidad financiera necesaria para afrontar la crisis.

La Unión puede seguir cometiendo los errores e injusticias de siempre que favorecen de hecho a la minoría que más tiene y acumula, la que Marx denomina clase dominante. O puede ver la situación que se avecina como una oportunidad para empezar a cambiar de tercio y, resumiendo, poner a la gente y sus derechos por encima de todo. O no lo contaremos.