El autor de esta crónica mestiza nos lleva desde la Plaza dels Traginers, en Barcelona, a México y de vuelta a Barcelona a través de sus vivencias en el presente y los recuerdos de su ciudad.

BARCELONA, España.- “Y esto, ¿qué hace aquí?”, pensé. Para un producto de la Ciudad de México, como lo soy, no es cosa ajena tropezarse con armatostes de épocas lejanas, derruidos y revueltos con el presente. Pienso en el trozo de acueducto que queda sobre la Avenida Chapultepec, vestigio de un trazo hidráulico mexica que corría desde los manantiales de Chapultepec hasta la imponente Tenochtitlan y que se erige como un recuerdo de lo que algún virrey reconstruyó al estilo colonial. Muy mestizo, muy mexicano, diría yo. Lo que hoy se ve es algo parcialmente original, que sobrevive como “migajas de pan” hacia un periodo virreinal que forjó y formó lo que hoy somos.

Pero, incluso para herederos de templos monumentales y pirámides milenarias, una torre y un cacho de muralla alojados en un parque en medio del corazón de un centro urbano se siente como una vanitascotidiana. Mientras esperábamos a un entrañable y viejo amigo, revisaba a detalle la particular torre semicircular formada de ladrillos irregulares y distintos tonos.

Pasos más tarde, me enteré de que aquellas piedras de defensa eran parte de un centinela romano construido en el siglo tercero para dar resguardo a lo que fue la ciudad de Barcino. Allí, como un cuadro surrealista en medio de la Plaza Traginers, aquella torre había cambiado a los bárbaros, el acero y sangre, por los turistas, porcelana y café. Fer, luego de abrazos fraternos y alegría sincera expresados por mi tropa y por mí, había arrojado luz a los orígenes de tales piedras.

Mientras dejábamos atrás las historias romanas, recorrimos las baldosas de la Ciutat Vella, o Ciudad Vieja. Sí, el error para quienes no hablamos catalán y visitamos la zona, es creer, y con sustento, que se traduce como ciudad Bella. Los trazos de esta zona caminan con la soltura y desparpajo de un niño pequeño, dando pasos irregulares, ensanchándose y dando giros inesperados, a veces llevando a ningún lugar, solo jugando con el trazo.

Barcelona tiene un olor peculiar y persistente, es el primer gran anfitrión de esta ciudad portuaria; tonos dulzones, tufos de sal y humedad, algas y destellos de algo que parece que por momentos se descompone, hacen del aroma de Barcelona algo inconfundible, agradable, una esencia propia que guía tus pasos. Durante el camino nos escoltaron varias banderas, senyeras y esteladas, vimos de cerca el poder de estos símbolos y percibimos el orgullo de todos aquellos que engalanan sus balcones o ventanas con estos pendones. Seguimos por las zonas “de mayor riesgo” y recordamos algunos comentarios de alerta, “no pasen a tales horas”, “eviten este lugar” y sentencias parecidas.

No minimizo el problema en ciernes, hay que estar alertas cuando “los malandros” aumentan. Pero al indagar un poco más, el riesgo es toparse con un carterista, algún raterillo que emprenda carrera con bolso en mano o algún osado que confronte a turistas despistados. “¡Cómo quisiera estos riesgos!”, me digo al recordar las calles de mi querido centro. No Madero, Juarez o Tacuba; pienso en un Correo Mayor, Regina, o Mina, a un lado de los despojos del Teatro Blanquita, lugar lleno de indigencia, thinner y rateros. Fue un teatro creado a mediados del S XX, no ideado para el “jet set”, era un teatro de revista, de cabaret, popular, en una zona de riesgo, sí, pero tal vez en aquellos años, no mayor al de estar en el barrio viejo de Barcelona. El atraco se da en cualquier ciudad, cierto, pero lo que cambia son los estragos. El riesgo de perder la vida en estas tierras a manos de pillos irredentos se ve reducido. Sigo caminando sin aprensión, sensación rara para capitalinos, esa violencia que acompaña a mi país nos dota de una arrogancia citadina que nos hace inmunes al miedo por encuentros con maleantes “de poca monta”, un espejismo, cierto, pero lo vemos.

La caminata nos lleva a nuestro destino, el Jai Ca. Es la primera vez que entramos, la gente es afable, directos y con la brecha del lenguaje entre el español de México y el español de España, las palabras se sienten distinto en este lado del charco. Nuestro guía de ocasión nos sugiere varias tapas al centro, todo es un agasajo a los sentidos, bombas, croquetas de gamba roja, tortilla de patatas, nos dan otra bienvenida, nos abraza la tierra de Gaudí; para cerrar, crema catalana y unas trufas de chocolate. Ya se ha puesto el sol, y Barcelona apenas comienza a mostrar su mejor cara.