Desde hace 4 mil años, en la visión prehispánica, el acto de morir era el comienzo de un viaje hacia el Mictlán, el reino de los muertos. La muerte era lo que permitía que la vida siguiera existiendo. Por eso el Día de Muertos es una celebración. Michoacán es uno de los Estados de México donde mayor arraigo tiene, particularmente en un pueblo purépecha que vive cerca del lago de Pátzcuaro. 

 

Isla de Janitzio, MICHOACÁN.- Después de llevarse a cabo la tradicional cacería del pato y de degustarlo en diversos platillos michoacanos, se da paso a la “velación de los angelitos” (kejtzttakua zapichiri).

Esta ceremonia, conmovedora y dulce, inusitada para ciertas concepciones modernas, se celebra en el atrio del templo de la Isla de Janitzio. El día 1 de noviembre acuden con gran cariño madres y hermanos de los niños que no conocieron las alegrías ni las tristezas del adulto, y en sus tumbas crean preciosos adornos con las flores más hermosas de la estación, con juguetes de madera, tule y paja. Los regalos que no se les hicieron en vida adornarán su altar en esta velación de los angelitos.

En el vecino municipio de Huecorio, a los niños se les recuerda con altares el 31 de octubre por la noche y sus ofrendas son vistosamente adornadas con dulces, pan, juguetes de madera de Tócuaro, de barro de Ocumicho, de paja de Ihuatzio y ropa que los padres han traído de Pátzcuaro. Este altar doméstico lucirá su colorido bajo la luz de las velas que lo alumbran

Las comunidades purépechas están considerados como uno de los pobladores más antiguos de la región y, desde su aparición en Michoacán, aman, cultivan y utilizan las flores en las diversas actividades de su vida cívica y religiosa

Dentro de las ceremonias y rituales religiosos usaban la flor tiringuini tzintziqui (cempasúchil) para reverenciar a los difuntos, y la tzitziqui itzimakua (orquídeas) para sus dioses, cuyos altares adoraban profusamente, costumbre adoptada por el cristianismo por sus sentido poético, según estudios de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo (UMSNH).

“Cultivaron así mismo la charanecua (dalia), que viajó por todo el Viejo Mundo y ahora es la flor simbólica de México. Las flores son inspiración y gozo que se canta en las pirekuas, como tzitziki canela (“Flor de canela”) y tzitziki changunga (flor de changunga); son cantos en los que se compara a la mujer con las flores por su delicadeza, finura y exquisitez”.

Aquí la Noche de Muertos tiene una significación más cristiana que pagana, y la población se prepara para rendir culto a sus fieles difuntos; o en los amplios atrios de alguno de los templos se presentan conciertos con la música adecuada para la ocasión Esto el día 1 y la madrugada del 2 de noviembre, que es la fiesta principal.

Desde hace casi 4 mil años, el día de muertos, entre las culturas mesoamericanas, estaba considerada, durante un mes, una fiesta sagrada para recordar a los ancestros. En el calendario mexica, el noveno mes estaba dedicado a rendir culto a nuestros muertos. Para las culturas nahuas que habitaban el valle de México, la muerte era lo que permitía que la vida siguiera existiendo.  No se la consideraba negativa.

Recuérdese que, para los antiguos pueblos mesoamericanos, sí existía la vida después de la muerte. Sin embargo, no de la misma forma que el cristianismo lo concibe. Para ellos, no había un cielo (lo bueno) y un infierno (lo malo), sino un destino que dependía del modo en que habías muerto y no de cómo te habías comportado en vida.

En la visión prehispánica, el acto de morir era el comienzo de un viaje hacia el Mictlán, el reino de los muertos descarnados o inframundo, también llamado Xiomoayan, término que los españoles tradujeron como infierno.

Con la llegada de los españoles, allá por 1519, todo cambió. Recuérdese que la conquista tuvo dos ejes fundamentales: el madrazo y la sobadita. Es decir, la espada por delante y la cruz por detrás.

Sin embargo, la fiesta sagrada dedicada a los muertos ha conservado gran parte de su identidad milenaria, a pesar de la maldita intromisión del demonio gringo que metió su cola en México con el Halloween, que nada tiene que ver con nuestra hermosa cultura.

Ya en la conquista, ambas culturas, la indígena y la española, pondrían su granito de arena para hacer una fiesta sargada o pagana para recordar a nuestros fieles difuntos.

Las ofrendas tienen un mucho de la antigüedad y otro mucho de la era colonial. Había ofrendas hasta de 7 niveles por aquello de que el número 7 es considerado como sagrado. 

Por esta razón, es difícil hablar de un Día de Muertos exclusivamente prehispánico. Sin embargo, sabemos que los pueblos mesoamericanos rendían tributo a sus difuntos con altares llenos de artículos personales, alimentos, fruta, flores, y hasta pulque y vino, piedras preciosas, instrumentos musicales, esculturas, braseros, incensarios, urnas. Demás objetos que son referente directo de nuestras actuales ofrendas.

Antes de los españoles, no había velas, veladoras ni cirios. La luz en el día de muertos se producía encendiendo teas de ocote que enciende asombrosamente.

La flama que hoy producen velas, cirios y veladoras, significa «la luz», la fe, la esperanza. Es guía, con su flama titilante para que las ánimas puedan llegar a sus antiguos lugares y alumbrar el regreso a su morada. En varias comunidades indígenas cada vela representa un difunto, es decir, el número de veladoras que tendrá el altar dependerá de las almas que quiera recibir la familia. Si los cirios o los candeleros son morados, es señal de duelo; y si se ponen cuatro de éstos en cruz, representan los cuatro puntos cardinales, de manera que el ánima pueda orientarse hasta encontrar su camino y su casa.

Velación en el lago de Pátzcuaro

Uno de los Estados de México donde mayor arraigo tiene el “Día de Muertos” es en Michoacán, particularmente en un pueblo Purépecha que vive cerca del lago de Pátzcuaro, quienes al llegar el Puente del 2 de Noviembre, llevan a cabo una velación rodeando el lago y la Isla de Janitzio.

El Día de Muertos en Janitzio es uno de los eventos religiosos más importantes de México. Al llegar la víspera del Día de Muertos, todo es un ambiente de fiesta hasta que llega la hora de que empiezan a sonar las campanas y las almas se presentan, mientras los vivos se empiezan a congregar ante los despojos mortales de los que se han ido.

Durante la noche del 1 de noviembre la gente llega hasta las tumbas con ofrendas, flores, pan, frutas, símbolos y recuerdos para venerar a sus seres que ya no están materialmente. Erigen un altar y se sientan a contemplar las llamas de sus velas mientras van murmurando oraciones toda la noche.

Una leyenda Purépecha dice que al morir las almas vuelan como mariposas monarcas sobre un lago encantado hasta la isla de Janitzio y solo se necesita abrir el corazón para que al atravesar en lancha el lago se puedan ver las almas dibujarse entre las aguas del lago de Pátzcuaro.

Si deseas algún día visitar y ver en vivo lo que es la tradición del Día de Muertos en Janitzio, primero que nada procura llevar suéter, el clima es un poco frio, zapatos bajos, y pantalones cómodos.

Algunos Hoteles en Pátzcuaro ofrecen tarifas accesibles, otro distintivo son los platillos exquisitos que sirven en sus restaurantes y son capaces de satisfacer al paladar más exigente.

La mejor vista de la Isla de Janitzio es desde el monumento a Morelos. Obviamente la mejor fecha para visitar es durante el Puente de Noviembre, ya que la isla se ilumina con velas y altares de muertos, la vista de noche es espectacular. Hay lanchas que te llevan y traen a todas horas.

Al final cada quien decide que cara le pone a sus muertos, y hasta como quiere ser recordado, pero todos sabemos que van a estar con nosotros el 2 de noviembre, cuando salgamos a caminar en compañía de nuestros ancestros.

La noche de muertos en Michoacán, en sus islas y pueblos rivereños es una experiencia inolvidable; tradición que ha perdurado pese al paso de los años.