Con motivo del aniversario de la Ley Agraria del 6 de enero de 1915 en México, compartimos este divertido relato campirano de Gonzalo Estrada y protagonizado por Don Profundo Rosas Lamergo, Presidente del Comisariado Ejidal de la Longaniza. Un homenaje a la gente del campo en México.

 

Las tardes son tan largas en época de secas que si no llegara nadie de fuera del pueblo con alguna “novedá”, no había forma de matar el tedio. Así lo afirmaba Don Profundo Rosas Lamergo, Presidente del Comisariado Ejidal de la Longaniza, un núcleo agrario enclavado en la sinuosa sierra de Pichataro.

Ciego desde joven porque le “cayó” la “diabetis”, Don Profundo era electo como Presidente del Comisariado Ejidal de la Longaniza, hasta en periodos sucesivos, dentro o fuera de la ley de tierras o de la tierra, pues los demás “ejilatarios” y “derecheros” decían que tenía la paciencia de Job y la sabiduría de Salomón. Otros lo comparaban con los grandes “jilósofos”. Que aunque no veía, todo lo percibía y atinaba. No le hacia “flauta” mirar, decía un desdentado Don Wences.

El Comisario no estaba “leído” ni “escrebido”, pero hablaba como un erudito y emitía sentencias más justas, «a mitas», como si fuera el sabio Salomón.

Ante “l´otoridá”, como le llamaban sus vecinos del ejido, llegaban a su conocimiento, sapiencia y decisión los asuntos más diversos. Desde luego, los conflictos por tenencia de la tierra entre “derecheros”, pasando por los conflictos de familia y rematando con repartir consejos a diestra y siniestra para paliar las sensaciones que producen desgarros en el alma cuando ponían en su conocimiento o consideración los más íntimos secretos e inconfesables deseos.

El Comisario sufría como el que más, ya que al no poder ver magnificaba los hechos puestos a su consideración. Los vecinos acudían ante él, quizás por ese hecho mismo, pues no podía mirarlos a la cara y escudriñar y saber, porque los ojos no mienten, y denuncian, la verdad de las cosas. Como sea, él era el receptáculo también de peticiones y quejas. A él se debe la frase de: «Lo tuyo no es queja, ni quejido, ¡es qué jodes!» Que aplicaba, textualmente, sin miramientos a quienes solo iban a meterle ruido a la oreja.

Cuando la cigüeña llegaba, ya no de París pues queda  “retelejos”, sino de cualquier otro poblado aledaño, la madre de la criatura llegaba ante él para preguntarle qué nombre le quedaría mejor. ¡Como en el juego de matarile-rile-rón! Si era niña Petra, Macedonia o Concepción; si era niño José, Crisóstomo, Procuro o Herculano. Llevaba una cuenta exacta de los últimos nombres puestos a las criaturas nacidas desde los veinte años en que la gente comenzó a consultarlo. De modo tal que en forma sucesiva sugirió poner el nombre de Rodimiro y Clodomira a las diez últimas personitas que le pusieron en disposición de nomenclatura humana. Decían que quería mirar a través de ellos al endilgarles los nombres terminados en miro y mira.

Muchas de esas criaturas nacían en ausencia del padre, del progenitor biológico, que a veces hacía más de un año estaba ausente del poblado, trabajando en el “otro lao”.

Ese “pinche paso del nortí” como nos trae problemas, decía para si el Comisario. Parece que los “emigraos” mandan el semen por carta igual que los billetes “cueritos de rana”. Hace más de un año que se “jueron” y sus mujeres paren con un puntualidad inexplicable, fuera de todo calendario y de toda regla. Será porque toda regla tiene su excepción. De cualquier modo siempre quedaba la duda a la gente del pueblo chico, de si el recién nacido era obra del “trautor”, de ese que suple al buey.

Cuando los maridos llegaban a la Longaniza y se encontraban con la “novedá” de que eran padres primerizos o de nuevo de un hermoso ser recién nacido, que a decir de los maliciosos, solo se les parecía en la nuca, sus mujeres decían con vehemencia: «Sí es tuyo, mira como se parece a ti, a tu padre y cuantimás a tu madre. Además, mira las cuentas: Tocándose con un dedo los nudillos de la otra mano, sin vacilar aseguraban: Mayo (uno), mayete (dos), junio (tres), juñete (cuatro), mes que te “juites” (cinco), mes que “venites” (seis), ¡ves como sí es tuyo!».

Las cuentas de cualquier modo no daban pero el argumento de las mujeres era irrebatible. Y como nobleza campirana obliga, los maridos hacían suyas esas viejas consejas populares de que: “Si nació en mi corral es mío” y “se acostumbra uno a quererlos como propios”.

Don Wences por su parte remachaba: “El que por su gusto es buey hasta la coyunta lame”. Es el gusto de “¡ca´quen!”

Éstas y otras cosas de la vida estaban en conocimiento cotidiano del Comisario. Hubo una tarde de esas de secas, largas, en que pensó: «Si yo pudiera ver como antes mirando a los ojos de quienes me cuentan sus cosas, no sé si sería capaz de ver la verdad en sus ojos. Quizás sepa aproximarme más a ella con las palabras y el tono de voz con que me lo dicen». Y lo reafirmó: «Siento y percibo más sin ver que mirando».

El Comisario de la Longaniza lo mismo servía para un “barrido” que para un “fregao”. Un día testigo de boda; otro despidiendo a un “dijunto” con frases de aliento para familiares y, a veces, consolando a alguna viuda. Y muchos días más dirimiendo pleitos hasta por un surco de tierra, un surco de “malpaís”, de pedregal que ni las lagartijas buscan para guarecer. Un surco que de tanto pelearlo entre familias les abre otro intransitable en el rostro y en el alma para siempre. El Comisario aseguraba que los conflictos por posesión de una tierra entre familiares más bien eran “desquitanzas” por chismes y rencores añosos.

Pasaron las tardes de secas, llegaron las aguas, pero la época de “vacas flacas” continuaba y el Comisario tenía bien afinadas sus sentencias y consejos, y en lo que cabe, porque lo que no cabe cómo duele. Las cosas no marchaban bien en la Longaniza, sino sobre ruedas. Sí, sobre las ancas de un buen potro azabache o de «perdís» de un jumento barcino, en aquellos surcos dejados de la mano de Dios. Los surcos torcidos del campo.

Una tarde de esas en que el Comisario, después de repasar las trescientas sesenta y cinco páginas de un libro con sus dedos índice y pulgar, escuchaba al “ojo de vidrio” en su radio de pilas –de esas que parecían una caja de zapatos forradas de vinil rojo–, llegó una comitiva integrada por diez personas montadas en una “troca”, a notificarle que algunas gente de la cabecera “monecipal” querían verlo, pues eran las campañas para Presidente Municipal y como en la Longaniza había ya más de cincuenta personas en edad de votar, deseaban presentarle  a “Lión”, a Pantaleón, el candidato a ser “l´otoridá monecipal” y querían que él como Comisariado organizará la “receción”.

Reflexionando sobre los alcances de ese acontecimiento, de volverlos a considerar por el aumento de población después de haber decretado “ley seca” diez años atrás y una especie de armisticio interno. Haciendo un gran esfuerzo de memoria, se dijo a sí mismo: «¿cómo Pantaleón? Ese nombre me suena, “crioque”, “crioque” es hijo mio y de Jovita, la viuda de Isaías, aquel hijo que procreamos en las penumbras mías, a tientas, en la trastienda de “La Fama”, la tienda que su “dijunto” esposo le heredó».

Triste su muerte, rememoraba Don Wences, esforzado hasta el último aliento, intentando preñar a Jovita para dejar un hijo que disfrutara de sus haberes logrados al amparo de su comercio, de comerse a los demás. Aunque vivió como pobre, murió muy rico. En su memoria la viuda Jovita le levantó la capilla más grande jamás vista en el camposanto, a perpetuidad, que ahora sirve de referencia para que los enterradores ubiquen las tumbas abandonadas de los demás mortales, las de cruces de madera y montones de tierra.

Claro, que venga “Lión”, dijo el Comisario a aquella comitiva, pero antes díganme los méritos que tiene para ser candidato a presidente municipal. E interrogó:» ¿Sabe hacer cuentas, sumas, restas, terminó la primaria, sabe leer y escribir?»

– «¡No!»,  le contestó a coro aquella comitiva de señoras de rebozo y enaguas, hombres de sombrero de medio “lao”, de “guarachí” de llanta, y los que no calzaban, a raíz andaban.

– «¿Entonces cuáles méritos dice tener?»

– “’Cremos’ que ninguno, pero es de los nuestros, de los mejores “limitantes” del partido. Es como nosotros, tampoco saber “ler” ni “escrebir”. Pero eso ‘nos es inclusive’”.

De pronto, dijo uno espontáneamente: “’Quesque’, ‘quesque’  es hijo de ‘usté’, del Comisario de la Longaniza».

El Comisario tragó saliva, carraspeó y hasta lanzó un esputo. Se sintió descubierto, visto, imagino como lo miraban a una sola mirada los veinte ojos de la comitiva, abrió los suyos como nunca y sólo atinó a decir: «Que venga Pantaleón y hay que apoyarlo, que al cabo que no lo queremos para que escriba o lea cuentos y novelas».

Y Profundo, al fin, sentenció: «En ‘grado caso’ ¡un buen Comisario tiene!»


Nota del autor: Les comparto este cuento rural en ocasión del aniversario de la primera Ley Agraria de 1915. La gente del campo es fascinante y compilé desde hace veinte años estas perlas campiranas en mi paso como Visitador de la Procuraduría Agraria.