«El Presidente electo se gusta a sí mismo y mucho. Sabe que las miradas y oídos están puestos en lo que diga y haga. Disfruta de saberse observado y genera permanentemente polémicas que mantengan la atención sobre su persona».

Por Bernardo Graue Toussaint

Desde el 1 de julio, el Presidente electo López es un hombre inmensamente feliz. La coronación de su añejo deseo de alcanzar la Presidencia de la República no lo es todo. Con su triunfo llegó , además, un nivel de poder público que ni él había llegado a considerar. Felicidad pura.

El Presidente electo se gusta a sí mismo y mucho. Sabe que las miradas y oídos están puestos en lo que diga y haga. Disfruta de saberse observado y genera permanentemente polémicas que mantengan la atención sobre su persona.

Su característica e histórica paranoia está ahora en reserva. Ésa emerge cuando las cosas no están a su favor o sirve para reafirmar -según él- que todos los culpables de todos los males nacionales tienen sus días contados, gracias al arribo de su maravillosa persona al poder. Ahora disfruta de su papel retador, que muestra diariamente el músculo para enseñar a los demás quién manda desde ahora y a partir del 1 de diciembre.

Se gusta tanto, que no duda en compartir sus virtudes y cualidades. Es honesto, es humilde, es generoso. Está por encima de todo y por encima de todos. Y para subrayar sus bondades, otorga al «pueblo bueno» esa sabiduría de poner en sus manos el destino de la nación. Ese “pueblo sabio” es el espejo en que él se ve, se observa, se disfruta. Ese pueblo lo considera tan bueno, tan impoluto, que le otorga el derecho exclusivo de señalar culpables y de otorgar perdones. Cuánta sabiduría y cuánta bondad. El Presidente electo es tan bueno, que incluyó en su equipo de trabajo a algunos de esos perversos adversarios del pasado que ya le han demostrado su arrepentimiento y que, ahora, plenamente redimidos, serán fieles soldados de su causa nacional. Sólo él es digno – por designación del pueblo sabio- de señalar quiénes son patriotas y quiénes son traidores.

Cuando dijo «Al diablo con las instituciones» no era un frase cualquiera, era el anuncio del futuro. Ahora, la única institución en la nación lleva su nombre. Él encarna a todas las instituciones. En él se centran todas las decisiones de la patria. «Al diablo el aeropuerto»; «Al diablo el Estado Mayor Presidencial»; «Al diablo los aviones»; «Al diablo la Reforma Educativa»; «Al diablo todo lo que a mí no me guste y punto».

Si él considera una ley como impropia, bastará con cambiarla a su gusto y parecer. Lo sabe y le gusta. Y como nadie quiere verse sancionado con el látigo del desprecio presidencial, tiene a la mayoría en el Congreso de la Unión como un brazo voluntarioso dispuesto a satisfacer los dictados del gran, gran, gran, gran líder nacional. Sus deseos serán ley. Lo sabe, lo disfruta y lo ejerce. Se regocija plenamente de saber que, de manera velada, él ya encarna al Poder Ejecutivo y al Legislativo en una sola persona. Sueña ahora con conformar la Santísima Trinidad. Le falta el Poder Judicial. Para allá encamina también sus afanes.

Le gusta demoler. Tirar lo que no le gusta. Borrar, desaparecer. Es mostrar y demostrar su fuerza, su potencia. Que no quede huella de ese despreciable ayer, para dar paso al mañana, a su obra, a su sueño, a su destino glorioso. De eso se trata la «4ª Transformación», de crear un país «a su modo», «a su gusto», con su muy personal versión de la economía, de la justicia, de la democracia y de las libertades. Un país «a su manera». Una nación que sea espejo de él y de sus sueños o caprichos. Si hay que demoler (como el aeropuerto de Texcoco) se procederá. Sean leyes, instituciones o construcciones. Demoler, derruir se vale en la «4ª Transformación».

Todavía no asume el cargo y ya disfruta de ese poder sin contrapesos. Arrincona y amedrenta. Sabe que quienes hoy se ven obligados a otorgarle (por necesidad o conveniencia) del «beneficio de la duda», acabarán plegándose a sus condiciones. No importan las protestas en las redes sociales cuando, a fin de cuentas, el gran líder nacional se sale con la suya. El Presidente electo se deleita del cumplimiento de su voluntad por encima de las querellas.

Cuán feliz es el Presidente electo López. Cómo se gusta a sí mismo. Cómo disfruta de construir -día a día- lo que será su legado. Sueña con monumentos en su honor. Sueña con verse -como Juárez, Madero y Cárdenas- en los libros de historia. Hoy goza de sus primeros pasos hacia lo que él piensa que será su futuro glorioso. Habrá que ver, en ese futuro, cuánto nos costó la temporal felicidad de este hombre.

La sociedad mexicana tiene la palabra. Una sociedad democrática no puede ni debe ser apática frente a éstos y futuros excesos en el ejercicio del poder. Es serio, nos estamos jugando el futuro de México. Frente a este riesgo, el silencio es y sería imperdonable.

graue.cap@gmail.com