“Se ejerce el poder y dominio sobre los cuerpos desde las jerarquías sexuales de la religión, la medicina y las políticas públicas. Es la policía perfecta”. Así habló la psicóloga clínica Gabriela Delgado Ballesteros en su conferencia sobre Diferencia entre los derechos sexuales y los reproductivos en el Instituto de México en España. Sostiene la experta que, en un ambiente de pánico moral, se condena todo aquello que se aleja del sexo para la reproducción. Las normas sociales estigmatizan, castigan y persiguen a quienes se salen de lo establecido.

Relaciones sexuales forzosas, tratamientos hormonales o agresiones físicas forman parte de terapias ilegales que aún se practican para reorientar la sexualidad. Existen centros religiosos que ofrecen charlas y tratamientos que carecen de justificación científica para revertir la homosexualidad. Germán Ralis, diputado de Movimiento Ciudadano en México, ha propuesto a nivel federal la prohibición de este tipo de actuaciones que utilizan la tortura psicológica y física para curar la homosexualidad en algunas zonas de México. Es un atentado contra la expresión de la sexualidad individual.

A lo largo de la historia, se ha distorsionado la sexualidad de la mujer y de los grupos LGBTT, se les ha impedido el desarrollo pleno de su personalidad. Se ha transmitido, de generación en generación, que el cuerpo de la mujer es objeto de control. Las mujeres han sido discriminadas por ley. Han sufrido actos violentos contra su integridad sexual, como la ablación del clítoris o la inspección de la virginidad. Se controlan los derechos sexuales y reproductivos de las mujeres porque son las encargadas de engendrar.

Sistemas androcéntricos, patriarcales y heterónomos han elaborado leyes y constituciones que entronizan la supuesta superioridad del género masculino. La igualdad es eliminar lo masculino como patrón único de referencia y conducta. Para la sexualidad plena se necesita igualdad en el trato, en la participación y en los resultados. Mantener “lo masculino” y “lo femenino” no tiene sentido y limita la concepción del género; muchas personas se autocastigan al preguntarse quiénes son o en qué lugar se encuentran respecto a lo conocido como “normal”. La sexualidad no es lo mismo que el sexo biológico, es algo más que los genitales o el acto sexual. Nos hemos constituido hombres y mujeres sin saber qué significa, hemos absorbido valores obsoletos que olvidan los derechos humanos.

Gabriela Delgado destaca que, en ocasiones, es necesario anteponer los sentimientos para lograr el conocimiento. Sin embargo, a determinados grupos de poder no les interesa porque permite crear espacios de reflexión compartida. La sexualidad no se considera parte del desarrollo de la personalidad que permite la identidad y la pertenencia, mucho menos que se dedique un espacio en las aulas y los libros de texto. Es importante dar significado y significante a lo que hacemos. Muchos sistemas educativos y programas de aprendizaje se basan en estructuras cognitivas para la obtención del conocimiento, pero no tienen en cuenta la motivación a través del afecto.

El cuerpo es el elemento básico de expresión en la cultura. «La cultura ha construido el cuerpo como una narrativa que revela los deseos. La sexualidad es algo más que reproducir la especie», señala Gabriela. Poder decidir sobre nuestra salud, nuestro cuerpo y nuestra vida sexual y reproductiva es un derecho humano. Negar la sexualidad es cerrar la puerta de la diversidad, del placer y de la felicidad.

Consuelo Mendoza, presidenta de la Unión Nacional de Padres de Familia (UNPF), manifestaba su preocupación porque se difundiese el uso de métodos anticonceptivos, prevención de embarazos y transmisión de enfermedades sexuales en los libros de Ciencias Naturales de quinto y sexto de primaria en México. Proponía prohibir y destruir los libros como si fuesen la mismísima Inquisición. Quizás la UNPF y otros colectivos conservadores no han tenido en cuenta que los y las menores cada vez mantienen su primera relación sexual a edades más tempranas. Según cifras de la Secretaría de Educación Pública (SEP) mexicana, la edad media está entre los 12 y 15 años. La educación no se puede desvincular de la violencia sexual, pues en situaciones de prohibición y de castigo surgen los abusos y la violencia contra la mujer.