El ex diplomático mexicano Bernardo Graue Toussaint opina en este artículo sobre el inicio, el pasado miércoles, de los foros de paz impulsados por el presidente electo Andrés Manuel López Obrador.

Por Bernardo Graue Toussaint

Ha empezado el show de los «foros» (organizados por el Presidente electo López y sus acompañantes) para «pacificar el país», entendido esto, para reducir la inseguridad y la violencia en México. Es claro que ésta es la más alta aspiración ciudadana en estos momentos, pero parece que quienes nos gobernarán (a partir del 1 de diciembre), o son tontos o nos están mintiendo. O, peor aún, ambas cosas.

La ingenuidad con la que plantean el arranque de sus «foros», es decir, con el errático principio, según el cual, al reducir la pobreza, en automático se mejorarán los índices delictivos, resulta una barbaridad.

Tendríamos que empezar -por justicia plena con los pobres- por decirle al Presidente electo López que suficiente tiene el pobre con vivir en la pobreza, para que, además, se le considere «delincuente en potencia».

Que quede claro: Millones de mexicanos pobres viven su vida con absoluta dignidad y respeto a la ley.

Otro asunto del que tal vez no esté bien enterado el Presidente electo López es que el Estado tiene la obligación de proteger a las mayorías pacíficas del embate de las minorías violentas. Esto implica, que el Estado -que el Presidente electo López encabezará- debe reorganizarse del desmadre en que se encuentra hoy, para recurrir al trabajo de inteligencia e incluso de la fuerza, a fin de proteger a la ciudadanía; para prevenir el delito; para capturar a los delincuentes y para juzgarlos en tribunales por los delitos cometidos. No hay otra opción. Aquí y en China.

Lo anterior implica hacer la tarea (nada fácil) en el ámbito de los policías; de los Agentes del Ministerio Público; de los  Jueces y (muy importante y postergado) en el ámbito de los reclusorios. Lo demás, como bien diría un querido maestro, son burradas. Esos foros -desde mi particular punto de vista- son la muestra más clara de que no tienen idea de por dónde desenredar ese entuerto llamado seguridad pública.

Y precisamente hablando de burradas, la declaración de Alfonso Durazo, nombrado por el Presidente electo López, como próximo Secretario de Seguridad Pública resulta patética (por decir lo menos): «Si no se logra convencer a las víctimas de la violencia de perdonar, será «muy difícil» avanzar hacia la paz y reconciliación del país, pues en ellas recaerá el mayor sacrificio de este proceso».

Las víctimas, añadió, «son los que tienen que aportar la cuota más alta en este proceso, el sacrificio más alto en este proceso de reconciliación nacional, pero trabajaremos con ellos y ojalá podamos lograr sintonizar posiciones de tal manera que podamos encontrar juntos esta ruta para la pacificación y reconciliación nacional».

Dos preguntas:

De acuerdo a lo declarado por Alfonso Durazo, si no se logra la «pacificación del país» (como raramente ha denominado el nuevo gobierno al tema de seguridad pública) ¿la culpa será de las víctima que no quisieron perdonar a sus verdugos?

¿Con qué derecho trasladan a las víctimas del delito la carga emocional de que si no otorgan el perdón serán responsables del fracaso de los objetivos en materia de seguridad pública?

Obviamente, la respuesta de las víctimas -de cara a los criminales- en ese foro en Ciudad Juárez no se hizo esperar: ni perdón ni olvido.

Por último, Alfonso Durazo volvió a recalcar la importancia de que se cuente con la participación del Papa Francisco en este proceso. Estoy convencido de que buscan insistentemente, en la figura del pontífice, un aval a sus tonterías.

Qué peligro.

graue.cap@gmail.com