“Antes de entrar al recinto de la Moreneta, se hacen evidentes las similitudes entre estos festejos en Montserrat, en Cataluña, y los de México”, nos cuenta Alejandro Arriaga en esta nueva ‘crónica mestiza’, cuya lectura produce ensoñaciones que nos transporta a San Miguel de Allende y a otros rincones del mundo que están en el origen de nuestras culturas.

MONTSERRAT (Cataluña), España.- Mi tropa y yo llevamos un poco más de cincuenta minutos compartiendo aire y asombro dentro de una camioneta turística. Si vives en la Ciudad de México, cincuenta minutos es un trato aceptable para casi cualquier trayecto de más de 10 km. Aunque en este lado del charco no lo ven así. Luego de varios kilómetros de una pendiente perseverante, vemos al frente un impresionante y enorme macizo de piedras.

Mi ojo inexperto las compara con la Peña de Bernal, en Querétaro; ya saben, almas volcánicas congeladas en el tiempo. Pero no podría estar más equivocado. De hecho, estas piezas monstruosas son una argamasa de diferentes rocas, cuarzos, areniscas y otras tantas. El mito dice que fueron los ángeles quienes esculpieron la montaña, trabajando en horarios divinos y utilizando unas nada franciscanas sierras de oro. Pero dada la verdadera composición de las montañas, si en algo intervinieron aquellos juiciosos seres alados fue en buscar rocas de “chile, mole y pozole” para amasarlas entre sí, cual plastilina celestial. Son rocas sedimentarias que provienen de un pasado acuático difícil de imaginar. Cataluña tiene en estas montañas una herencia mística que se siente desde que las ves.

La Moreneta y San Miguel 3

Este extraño lugar se llama Montserrat, que literalmente quiere decir “montaña aserrada”. Todo es muy limpio. Por un lado, un teleférico que no usamos; por otro, las típicas tiendas de recuerditos para turistas ávidos de topar sus tarjetas con pedacitos marketeros de este lugar. Entre más avanzamos, la montaña nos engulle. A nuestro lado derecho encontramos una entrada: son unos arcos que nos conducen a una gran explanada. Tenemos suerte y nos encontramos con una fiesta; la tuvimos todo el viaje. El Viejo Continente nos trató de manera extraordinaria: París, Edimburgo, Londres, Birmingham… pero esa es otra historia.

Durante toda la caminata hasta este lugar nos acompaña una romería, pero no en el sentido mexicano de verbena popular, desorden, tianguis y fiesta, sino en la acepción española: una fiesta religiosa. Estamos en medio de una Trobada de Bestiari i Gegants. A donde volteemos, hay figuras colosales y detalladas. No son de papel maché ni de cartón; tienen grandes acabados, tal vez de fibra de vidrio, con estructuras internas de aluminio o madera. Son un verdadero desfile de destreza. Todo un bestiario nos pasa de lado: burros, toros y dragones.

Posamos la mirada sobre un jinete poco convencional: un demonio sobre un dragón de dos cabezas. Aquel ser de cuernos rojos y patas de cabra tiene una expresión maléfica y porta un tridente. La tentación ronda la romería.

Antes de entrar al recinto de la Moreneta, las similitudes entre estos festejos y los de México se hacen evidentes. Bailarines vestidos de blanco, pulcros y brillantes; listones de colores estridentes; figuras ostentosas; algarabía y mucho corazón. Bien podría ser una tarde de fiesta patronal en algún pueblo de México.

Pienso en los Chinelos de Tlayacapan o en el baile de las cintas de la Huasteca, cuyos danzantes, dibujando en el suelo intrincadas formas, tejen sendas trenzas de listones multicolores. Estoy viendo nuestras raíces; de acá vinieron algunas de las semillas de nuestras costumbres, aunque, si siguiéramos más atrás, llegaríamos a otras tantas regiones medievales europeas, al mundo árabe y a otras más. No es posible ni sensato negar nuestro origen y, viendo la belleza de estos danzantes, hacerlo resulta absurdo.

Al fondo se asoman unos Gegants que representan a la nobleza. Estos seres están emparentados con las mojigangas de San Miguel de Allende. Ambos descienden de procesiones medievales y encarnan, más o menos, lo mismo. Estos Gegants bailan alegremente a unos cuantos pasos de las voces de la Escolanía, formada por timbres juveniles que provienen de una tradición de más de 700 años. Este coro infantil llevaba ya 18 años cantando cuando los mexicas andaban fundando Tenochtitlan, penando las de Caín para perfeccionar su tecnología de chinampas y llevar a cabo su sueño insano de vivir sobre un lago.

Igual que Montserrat, San Miguel de Allende se levanta entre montañas, aunque su origen es un tanto más capitalista que espiritual. San Miguel el Grande, en honor al comandante de las tropas celestiales, fue fundado como vigía, como garante de un punto estratégico en medio de otros lugares llenos de plata y oro: las zonas mineras de Guanajuato, Zacatecas y San Luis Potosí de la otrora Nueva España.

Seguimos adentrándonos en el monasterio. Enfrente de nosotros vemos la Basílica de Montserrat; un reloj, un rosetón, relieves de María y estatuas de Jesús y sus doce apóstoles nos esperan pacientemente. No es que se parezcan la Parroquia de San Miguel de Allende y esta basílica, pero tienen algo en común: lo que vemos no es lo que se veía hace trescientos años. Ambas han sido restauradas, reconstruidas o mejoradas; una por saqueos, guerras e incendios -se entiende, lleva más de mil años- y otra por puro gusto. Por ello, el ojo entrenado encontrará en esta basílica elementos góticos, como el rosetón. Adentro, ya en el altar, es evidente el exceso de ornamentos; aquí le sale lo barroco. E incluso para alguien poco versado en el tema, resulta evidente que las columnas debajo de los apóstoles son demasiado lisas: algo del Renacimiento.

Si damos un paso a San Miguel, la parroquia fue construida más a la imagen de las decenas de iglesias virreinales que hay en México: fachadas más bajas, torres que terminan en cúpulas o en remates más sencillos, aunque hoy es un agasajo a la vista. A la parroquia se le dio su “manita de gato” y la dejaron con un estilo -dicen los que saben- neogótico: torres muy altas y puntiagudas; en ellas aparecen pináculos, las ventanas son alargadas y, para acentuar esta sensación de excepcionalidad, todo el templo brilla en un rosa pálido. El creador de tan extravagante y atemporal construcción no fue un arquitecto, sino un maestro albañil. El señor Gutiérrez aprendió en la obra y en la cantera.

Por si fuera poco, Zeferino fue un autodidacta; se la aventó así, sin credenciales que lo avalaran. “Al ínguesu”, y le salió muy bien. Todas las torres terminan en punta, como si desgarraran el cielo, y por las noches la iluminación es de cuento de hadas.

En mi opinión, este pueblo de opulencia -porque hoy es destino preferido del fifí de mi país y de extranjeros con billete- no le pide nada a ningún destino europeo. Su atmósfera es tan peculiar y única como la que respiro aquí, frente a la Virgen Moreneta, en Cataluña. Esta Virgen pequeña y negra, con el universo en la mano y su hijo frente a ella, despierta una fe envidiable.

Luego de prender y ofrendar nuestras respectivas velas, emprendemos una caminata sin rumbo fijo, solo viviendo Montserrat. Es un lugar privilegiado; la naturaleza es centinela permanente en cada rincón. Los festejos no terminan; el ambiente se siente afable, dulce, casi nuestro. Poco a poco nos despedimos de la Moreneta, de este reducto benedictino imbuido del espíritu apartado de su orden, pero cuya belleza y espiritualidad hacen imposible que este lugar permanezca aislado del mundo. Al dejar Montserrat atrás, San Miguel de Allende y cada rincón de mi país se sienten aún más cerca.