«Si pudiera, haría la parada a los taxis de Madrid con un chiflido cinematográfico y luego de un brinco aeróbico, soltar a voz en cuello: ‘¡Siga a ese coche!'». Así comienza el escritor Jorge F. Hernández, desde la Carrera de San Jerónimo, esta nueva crónica mestiza que destila nostalgia y sorpresa ante dos mundos: Madrid y la Ciudad de México.

Por Jorge F. Hernández.

CARRERA DE SAN JERÓNIMO (MADRID), España.- Si pudiera, haría la parada a los taxis de Madrid con un chiflido cinematográfico y luego de un brinco aeróbico, soltar a voz en cuello: «¡Siga a ese coche!» Lo ideal sería montarme en la Puerta del Sol y seguir a un vehículo medio oxidado por un laberinto hipnótico hasta llegar a Avenida Chapultepec o tomar un autobús en Méndez Álvaro y despertar en un camión entrando a Querétaro o bien, como ya he dicho en muchas ocasiones, tomar el Metro de Madrid en Moncloa y salir a la calle de Donceles en pleno corazón de la ahora CDMX.

Con todo, se presta a confusión mexica el raro hechizo de los taxis de Madrid que descansan dos días a la semana, que se toman la primera o segunda quincena de cada mes de agosto como vacaciones pagadas y que poco a poco predominan los motores híbridos, donde la electricidad sin ruido parece ser la señal del futuro. Para el chilango empedernido o el tapatío irredento se vuelve motivo de nostalgia extrañar de pronto la contaminación instantánea de las unidades piratas que jamás han afinado sus motores, las ojeras de los taxistas que sólo duermen los martes por la noche y que –si acaso, en el antiguo DF—descansan según el color de la calcomanía. Desacostumbrados a la asepsia del Eurotaxi, nos da por echar de menos al clásico Tsuru destartalado que lleva un bote de crema de Nivea en la palanca de velocidades, un altar de luchadores anónimos en el tablero y una fotito del peque en el llavero; extrañamos la cumbia a todo volumen que celebra algún lance machista y no nos hacemos a la idea de los callados taxis de Chamberí donde apenas se escucha una sensual zarzuela a muy bajo volumen en tantas calles sin baches, tanto bulevar sin camellón, tanta avenida que podría ser Eje Vial o Periférico, aunque no son más que Avenidas y M-treintas.

Hubo un tiempo en que por ambos lados del Atlántico los taxis negros con franja roja de Madrid y los cocodrilos o corales y cotorras de la Ciudad de México parecían homologarse por el encanto de las gorras que llevaban el volante, los bigotitos al filo del labio superior y esa sutil bravata de meter el clutch que aquí llaman embrague como alimento de aceleración sin movimiento. Hubo un tiempo en que por ambas orillas del Atlántico se navegaba en taxis como salas de estar y ahora sucede que en ambos lados del espejo se asoman los fantasmas de los coches negros, llamados directamente desde la pantalla de un teléfono donde es de esperarse que pronto –muy pronto—se invente la aplicación que nos permita –en tiempo real o cuerpo y alma—subirnos a un taxi a unos pasos de la Plaza Mayor de Madrid y desembarcar como si nada en el Zócalo de la Ciudad de México con el ánimo volátil de confirmar que entre el ensueño y la realidad aquí se piensa mucho en ti.