Este 8 de marzo pienso no sólo en las mujeres que conocen mi lado amable, civilizado y sensible, sino también en aquellas a las que he perjudicado con el machista que germinó y durante muchos años creció dentro de mí. Sobre todo, pienso en tantos hombres que han contribuido a deformar mi mirada ante mi propia pasividad.

Opinión de Carlos Miguélez Monroy.

En unas vacaciones, me acerqué a una niña que chapoteaba y que jugaba mientras gritaba frases en inglés. Orgulloso de haber conseguido hablar con ella, le conté a gente «más adulta» lo que consideraba un gran logro: llevar con éxito mi inglés de colegio a una situación real para hacer una nueva amistad. “¿Te hiciste amigo de Shamú?”, me preguntaron entre risas. Aquella comparación con la orca de Sea World hacía una clara referencia a la gordura de mi nueva amiga, pero yo no lo entendía porque veía a un ser humano. Después de mucho preguntar me lo explicaron sin imaginar el impacto que eso tendría en mi persona, el velo que aquella “broma inocente” impondría en mi forma de ver no sólo a las mujeres, sino también a las personas en general.

Este 8 de marzo pienso en mi madre, en mi hija y en las mujeres de mi vida, aquellas que con las que más he compartido y que al menos conocen mi lado amable, civilizado y sensible.

Pero también pienso en las demás mujeres, en aquellas que de alguna forma han sido víctimas del machista que germinó y durante muchos años creció dentro de mí con las aguas de una educación y un ambiente que normalizaba comportamientos que pasan de generación en generación.

Pienso en las mujeres a las que empecé a tratar diferente tras un rechazo o por no actuar del modo que mi mente deformada por un ambiente machista esperaba. También me vienen a la mente las mujeres a las que ni siquiera miré a los ojos o escuché porque ni siquiera existían para mi mirada deformada. Cuántas posibles amistades me he perdido por culpa de aquel velo del que aún no consigo liberarme y que perjudica no sólo mi forma de relacionarme, sino también mi forma de ver a las personas.

Pienso también en muchos hombres que contribuyeron a moldear mis actitudes con la plastilina de la indefinición que caracteriza a un adolescente, más cuando carece autoestima.

Sucumbí a la palabra “mandilón”, equivalente al “calzonazos” español. La necesidad de pertenecer a un grupo sembró en mí la semilla de la obsesión por perder la virginidad y después llevarse a la cama a cuantas más, mejor. Daba igual que chocara con mi única verdadera necesidad: sentirme querido y escuchado.

Desperdicié los mejores años de mi juventud en forjar un superhombre basado en la bazofia de que a las mujeres les gustan machos alfa dizque seguros de sí mismos que se susurran unos a otros sus conquistas sexuales. Te dicen que esos malotes “tienen más misterio” y son “más interesantes” por inalcanzables y te advierten de los peligros que entraña hacerte amigo de una chica o, peor aún, de convertirte en un pagafantas.

Si tuviera una lámpara mágica, volvería en el tiempo con lo que sé ahora para despojarme de la competitividad que me marcó durante mi adolescencia y juventud en el ámbito de las relaciones, sobre todo con mujeres. El tiempo que perdí en “conquistar” y en ligar lo utilizaría en disfrutar más de mis amigos, en conocer a la gente, en escucharla sin esperar algo a cambio, sin esa mirada que convierte en objetos a personas que lo notan y que les produce rechazo. Dedicaría más tiempo en trabajar en mi lenguaje no verbal, que dice mucho más que lo que sale de nuestra boca. Convertiría mi mirada que desnudaba de forma violenta en una que sirviera de terreno fértil para la confianza, quizá para una posible amistad, para algo más o incluso para nada, pero sin esa transgresión.

Veo a mi hija crecer y pienso en memes y chistes malos sobre mujeres, en topicazos de conversaciones cuñadas, en los grupos de Whatsapp de los que me he tenido que salir para no soportar comentarios de hombres que tienen una madre, hermanas y, muchas veces, hijas pequeñas.

Coincido con Martín Vivanco Lira cuando dice que no hay hombres feministas, sino machos en rehabilitación. Para comenzar mi propia rehabilitación tendré que desaprender lo aprendido para despojarme de este grueso velo que tanta infelicidad y vacío me ha dejado. Veo risas de incomprensión e incredulidad, mensajes de ida y vuelta de quienes cuestionarán las motivaciones de lo que llamarán golpe de pecho, exageración o flagelación. Quienes así lo vean o me consideren radical pueden encontrar ahí parte de una posible explicación a mi distancia en tiempos recientes. Algo en mí empieza a cambiar.