“Las mejores sociedades democráticas son las que han entendido que se puede ser apartidista, pero no apolítico. Estamos obligados a ejercer un papel ciudadano más responsable. Muy cara nos ha salido a los mexicanos la apatía durante tantas décadas”.

 

Por Bernardo Graue Toussaint

Muchas frases fatalistas escuchamos frente a tanta barbaridad que sucede en México: «¿y yo qué puedo hacer?»; «yo soy apartidista»; «a mí no me interesa la política», etc.

Las mejores sociedades democráticas son las que han entendido que se puede ser apartidista, pero no apolítico. Política (del latín polīticus, y éste del griego πολιτικός politikós, masculino de πολιτική politikḗ) significa «DE, PARA O RELACIONADO CON LOS CIUDADANOS».

Visto así, la política trata de los asuntos públicos, que benefician o afectan a los ciudadanos. De ahí que el ciudadano democrático (no sólo el votante) debe interesarse y participar en los asuntos que son del interés de la sociedad, al margen de que crea o no en algún partido político en particular.

No quiero analizar nuestras fortalezas o virtudes civiles porque podemos caer en la trampa de nuestro refrán «Como México no hay dos» (para qué cambiar si somos inigualables). Creo que lo que debemos revisar son nuestras fragilidades y deficiencias como sociedad. Debemos de entender que será esa comunidad -con sus características particulares- la que determinará el futuro de México.

En el año 2002, la revista «Nexos» realizó un estudio titulado «Ciudadanos de baja intensidad» en el que se desprendían interesantes conceptos sobre nuestro perfil ciudadano:

«El ciudadano mexicano no cree en la ley ni en su obligación de cumplirla. No cree en la autoridad, ni la respalda, aunque la haya elegido libremente. No quiere al gobierno, pero todo lo espera de él. No paga impuestos (o pocos pagan) pero exige cuentas y bienes públicos. No es tolerante ni respetuoso de la diferencia. No tiene el hábito de asociarse y reunirse para perseguir causas comunes. No es un ciudadano activo, atento a la cosa pública, solidario, participativo. Es un ciudadano receloso, enclaustrado en sus intereses particulares y familiares, sin una clara orientación hacia lo público» (textual).

A lo anterior, creo que tendríamos que añadir:

Somos una sociedad contradictoria, porque podemos ser muy solidarios y generosos en la tragedia, pero en cuanto la urgencia termina, pasamos a ser incivilizados (y muy gandallas) en nuestra vida cotidiana.

Siempre es «otro» el causante de nuestros males («me reprobó el maestro» en vez de decir «no estudié»; «me chocaron el coche», en vez de decir «choqué»; etc).

Somos muy apegados a desear lo abstracto y renuentes frente a las responsabilidades concretas. Deseamos el «Estado de Derecho» (como hecho abstracto), pero nos resistimos a obedecer el semáforo o evitar tirar basura (como hecho concreto). Nuestras actitudes cívicas se muestran muy lejanas de nuestro deseo de ese «Estado de Derecho«.

Somos una sociedad lamentablemente clasista y racista. Una sociedad recelosa, envidiosa y, muchas veces, rencorosa.

Resulta importante subrayar que nuestra pobreza en actitudes cívicas y democráticas no son fortuitas. Una pésima calidad educativa, la pobreza y décadas de cultura hegemónica del PRI propiciaron buena parte de ello.

Quiero poner un ejemplo para la buena reflexión: El 7 de enero de 2015 se produjo un tiroteo contra la revista francesa «Charlie Hebdo» en París. Dos hombres enmascarados asesinaron a 12 personas e hirieron a otras 11. Cuatro días después, DOS MILLONES DE PERSONAS (en París) y TRES MILLONES SETECIENTAS MIL (en el resto de Francia) se manifestaron en las calles contra los hechos sucedidos.

Lo que deseo subrayar es el poder de esa sociedad civil. La eficiencia comunicacional de una sociedad sumamente diversa como la francesa que, al margen de sus diferencias, salió a rechazar la violencia, a defender sus derechos y sus libertades. Sea del partido político que sea y al margen de cualquier credo o filiación, esa sociedad civil salió a decir NO de manera tajante a la violencia, por citar sólo un ejemplo.

Frente a las barbaridades que, en tan corto tiempo, está demostrando el gobierno del Presidente López, la sociedad civil mexicana (SÍ…TÚ, YO, NOSOTROS, TODOS) estamos obligados a ejercer un papel ciudadano más responsable. Muy cara nos ha salido a los mexicanos la apatía durante tantas décadas.

Debemos, más que nunca, asumir ese poder que no emana de las urnas, sino de LA VOZ RESPONSABLE, SERENA Y FIRME de una sociedad democrática que, en su diversidad, sea capaz de decir NO a los abusos e irresponsabilidades de la autoridad que -aunque haya sido electa democráticamente- no está autorizada a hacer lo que le plazca con el presente y futuro de los mexicanos.

Sí hay solución y no depende de los partidos, sino de una sociedad civil que asuma su compromiso de defender nuestra democracia, nuestras instituciones y nuestras libertades. Una sociedad civil que se comunique, que se organice y que se exprese.

A PESAR DE NUESTRAS FRAGILIDADES CIUDADANAS, soy un convencido de que SÍ HAY SOLUCIÓN.

graue.cap@gmail.com