«Duele la facilidad con la que se propagan las mentiras y se oculta la verdad». Análisis de Carlos Miguélez Monroy sobre la difusión de bulos y noticias falsas en casos como la muerte del inmigrante senegalés Mame Mbaye y los posteriores disturbios en el madrileño barrio de Lavapiés.

“Hoy Madrid está de cabeza y Lavapiés casi en guerra”. Parece el titular de un periódico amarillista pero es uno de los mensajes que una persona muy querida de México me reenvío, alarmada por la “violencia en Madrid”. Se los acababa de enviar un contacto desde España.

Cuando le pregunté a qué se refería, me reenvío el resto de mensajes que “narraban” sin comas, sin puntos y con errores de sintaxis la muerte de un chico senegalés de 37 años, aunque más tarde muriera otro más por un ictus, según algunas informaciones. El fondo me produjo aún mayor malestar que las formas del mensaje, que reconstruyo para que el lector pueda comprenderlo.

“Es muy duro, pero han destrozado todo el barrio. Dañaron sucursales bancarias, se robaron televisiones, lanzaron mesas y sillas al embajador que fue a hablar con ellos. No es posible que sigan llegando, están fuera de la ley. Ahora culpan a la policía y nada que ver; él iba caminando y le dio el infarto”, decía.

Como periodista, duele la facilidad con la que se propagan las mentiras y se oculta la verdad, a sabiendas de lo que cuesta investigar incluso el hecho más sencillo en apariencia. Sobre todo duele la desinformación que lastima a los más débiles y desfavorecidos de nuestra sociedad. Hay videos que muestran a otro senegalés desplomarse tras el porrazo seco que le propina un policía. También se captó en video el momento en que un policía golpea por la espalda a Juan Carlos Rojas, fotógrafo de Espacio Méx que acudió al lugar de los hechos.

Han destrozado todo el barrio, dice el mensaje. ¿Quiénes? La propia policía desvinculó a la comunidad senegalesa del barrio de Lavapiés por los destrozos, producidos por grupos antisistema del barrio que aprovecharon el malestar. Pero el daño está hecho cuando se ha propagado una mentira por decenas o centenares de teléfonos y se ha presentado a unos “salvajes inmigrantes” como causantes del desastre en España, ese civilizado país europeo.

Sin justificar algunas reacciones, el embajador de Senegal tardó un día en acudir a la escena de lo ocurrido cuando compatriotas suyos estaban muertos, hospitalizados o detenidos por la policía.

Si estas cosas ocurren así en España, entonces México no está tan mal y conviene entonces resignarse, podrá concluir un lector al otro lado del Atlántico. Se normaliza la barbarie cuando unos consumidores de “información” intoxicados propagan la visión apocalíptica del mundo que ofrecen los medios. La realidad se reduce a corrupción, violencia, abusos, guerra y confrontación.

“Mataron a un colombiano jefe de una banda de narcos en Pozuelo. Cinco intentos frustrados de secuestro en diferentes puntos de Madrid a niños de entre 11 y 14 años. Espero que detengan esto antes de que sea tarde”, decía el último de los mensajes, como si todo esto ocurriera a diario en Madrid, todo el tiempo.

Claro que en España se producen tragedias, como en todo el mundo. No conviene ocultarlas pero tampoco presentarlas como la realidad total. Entre las más fundamentales y más difíciles labores de un periodista está la poner en contexto lo que ocurre para que lo comprenda el lector, como un día nos recordó el gran maestro Ramón Lobo en un Taller de Periodismo Solidario. El foco de muchos medios en unos destrozos por encima de lo ocurrido a las víctimas dice mucho de los valores de la sociedad que consume esa “información”.

“Aquí hay muchísimos españoles en pobreza extrema; ya no se puede, los inmigrantes están fuera de la ley y esa venta pirata perjudica a los comercios que pagan impuestos, sueldos y seguridad social”, dice otro mensaje, más cercano al discurso de Donald Trump o de cualquier político de la nueva extrema derecha que al de un ciudadano común. Como si decenas de miles de españoles no emigraran a otros países por falta de oportunidades y antes no lo hicieran tras una terrible guerra civil y una dictadura militar.

Los vendedores ambulantes podrán estar fuera de la ley pero, a diferencia de muchos delincuentes de cuello blanco a los que la policía no persigue con sus porras por las calles de Lavapiés, no se han robado el dinero de los contribuyentes.

A pesar de la violencia y de las desgracias diarias, son mucho más habituales las acciones de la gente honrada y trabajadora, de personas como Babbou y Omar que, junto con otros senegaleses, recaudaron 2.000 euros en un día para repatriar los cadáveres. Pero no interesan a los grandes medios de comunicación ni al Whatsapp de los ociosos, que aportarían mucho más a la sociedad si aprendieran a canalizar su aburrimiento, su ansiedad y su soledad.