Esperaba entre decenas de personas ante la cadena de El Alebrije para que el cadenero, conocido en España como portero de discoteca, al que llamábamos por su nombre como si fuera nuestro cuate, me preguntara cuántos éramos para que nos dejara entrar. Después de varios minutos, uno de ellos, muy alto, muy fornido y muy moreno, se me acercó para preguntarme en voz baja quiénes me acompañaban. Le señalé a mi grupo de amigos. A los pocos segundos se me acercó y me susurró al oído que podíamos pasar.

“Todos menos tu amigo el moreno”, me dijo. Y se alejó. Muchas veces pensé que tenía que haberle contestado: “¿Cuál amigo? ¿El que es negro e indio como tú?” Un acto de justicia para mi mente de entonces se convertiría hoy en una muestra del mismo racismo que criticaba.

Terminó mi adolescencia (al menos en teoría) en México y me fui a estudiar la universidad a Indianápolis, en Estados Unidos, donde observé otras manifestaciones de racismo, aunque pocas veces contra mí porque “no parezco mexicano”. But you don’t look Mexican, se apresuraban a decir en un esfuerzo visible por diferenciarme de los que sí parecen y que cruzan la frontera a nado o a través del desierto.

Los mexicanos no ganan medallas en las Olimpiadas porque están en Estados Unidos todos los que saben correr, nadar y saltar, me dijo a modo de chiste un compañero de equipo que tuvo que salir corriendo al ver que no me hacía mucha gracia.

En España me ha ocurrido algo similar. Detectan un acento distinto y, cuando me preguntan de dónde soy, aseguran que parezco más rumano, polaco, ruso, ucraniano o búlgaro que mexicano.

Imagen que parodia el racismo en México

Les explico que en México hay diversidad étnica y que ha habido mestizaje a lo largo de siglos de historia, antes de decirles que en mi familia paterna hubo españoles e italianos. A veces me pregunto para qué pierdo el tiempo si me pasa lo mismo entre mexicanos, que luego me preguntan si España es un país racista.

En mis catorce años de vida en Madrid no he sentido racismo hacia mí. He visto gestos de solidaridad y de acogida con gente de fuera por parte de personas de distintas edades y círculos sociales. Pero mentiría si dijera que no hay racismo en España.

Un día, alguien me dijo que me regresara “a mi puto país” cuando critiqué a la monarquía en Facebook. A un conocido, bajito y de piel muy morena, lo detuvo la policía en repetidas ocasiones en la boca del metro para pedirle sus papeles. Organizaciones como SOS Racismo han denunciado la existencia de perfiles raciales para pedir la documentación de personas. Pese a las presiones de estas organizaciones aún se mantienen los Centros de Internamiento para Extranjeros (CIE), donde viven aislados a la espera de una posible expulsión centenares de personas, muchas de ellas sin haber cometido más que faltas administrativas.

Se producen devoluciones en caliente de inmigrantes y se han producido atropellos contra seres humanos que llegan desde la frontera Sur con África. Se persigue la ilegalidad de los vendedores ambulantes subsaharianos con una contundencia que no se aplica para perseguir y castigar ilegalidades más graves desde cualquier perspectiva humana. Se han denunciado delitos de odio como el botellazo que una mujer le propinó a un “negro de mierda” al que después espetó que podía matarlo con impunidad, como cuenta el diario El País.

He visto a una niña de menos de diez años gritarle “guachupino” y “tiraflechas” a un árbitro de fútbol aficionado ante la celebración y risas de sus padres en la grada; en distintos contextos sociales he escuchado barbaridades sobre “los panchitos”, “los sudacas” y “los negros”.

Suelen excluir a los mexicanos de estas categorías porque se nos considera, para nuestro recurrente orgullo patriotero, “inmigración cualificada”, como si nos convirtiera en people de primera estudiar másters y doctorados, trabajar con con contrato, tener nacionalidad por vínculos familiares o por haber obtenido la residencia tras gastar 500.000 euros en una vivienda. Pero, en Estados Unidos, nuestros paisanos viven la misma situación que los inmigrantes a los que ninguneamos con orgullo de “mexicanos cualificados”.

El ruido mediático de desgracias como la muerte de dos senegaleses en el barrio de Lavapiés eclipsa la convivencia vivida en equipos interculturales de fútbol con italianos, senegaleses, españoles, mexicanos, paraguayos y de otros países. No puedo decir que España sea en sí un país racista, como tampoco lo es México o Estados Unidos. Pero sí he detectado personas, actitudes y conductas racistas. Existe el racismo en México entre mexicanos y contra centroamericanos, en Estados Unidos contra todo lo que no sea WASP (blanco y anglosajón), en España contra árabes, latinoamericanos y africanos subsaharianos.

Sospecho que ocurre lo mismo en casi todo el mundo. Pero existe más la utilización del color de la piel o de la nacionalidad para legitimar una discriminación de clase, de nivel educativo o de otros indicadores de status social. No tiene sentido, en cualquier caso.