“He visitado no las siete casas, sino los ‘siete pisos’, y en el último me quedé. No solo los viajes ilustran, sino también la búsqueda de vivienda”, concluyo con mexicano optimismo.

 

“…cuando llegues a Madrid morena mía……..”

MADRID, España.- Estación Puerta de Atocha. Tres maletas rodantes y el ordenador (la lac toc, decía un amigo) colgando. Alicante quedó atrás luego de casi cinco horas en tren y sobre rieles con vistas a La otra España, «la que huele a caña, tabaco y brea», tal como la contaba el grupo necedades. Ya llovió desde eso, y apenas me doy cuenta.

De Atocha al metro Aluche para llegar con un paisano, conocido de otro, que  me alojará por tres días (porque después el muerto y el arrimado emanan sus hedores), para buscar una habitación en la gran Villa. Inevitablemente me acordé de Chava Flores en Llegaron los gorrones. Al arribar les digo: “Yo soy amigo de un amigo de un señor que no vino a la fiesta”.

Todo bien, la hospitalidad mexicana se refrenda. Una vez instalado en un sofá de un quinto piso sin ascensor, con mis nuevos conocidos paisanos (que escondieron botellas y platones). Con la compu al frente, empiezo a entrarle a los portales de internet dedicados a la búsqueda de todo, o casi todo, si es que aún quedan cosas por encontrar en la red.

Primer filtro, por zona. Luego, por precio. Y al final, si es que te lo dicen, con quiénes y bajo qué régimen hay que convivir, desde hábitos de consumo de tabacos y otras yerbas hasta preferencias sexuales. Además de ver sí es con derecho a cocina, turno para la ducha, acceso a salón, si es que no lo han convertido en un monísimo cuarto, o el encargado se lo reserva para sí (“es que es mi espacio de relax”) y otros argumentos que tú dices: «No mammy blue». En el fondo es alquilar todos los espacios para él vivir de “a grapa”.

Elijo una primera visita. Ah, olvidaba decir que las citas en todo caso se hacen por teléfono móvil, cual si fuéramos socios de las compañías.  La propietaria o regenta me mira de arriba abajo, me presento y sale de entre sus pies un guapísimo perrito chihuahua. Dice que también el canecito vive en casa y platica sus bondades y logros, como que ya casi aprende a comer con tenedor y cuchillo en la mesa, y que hace la siesta a la misma hora que todos. Habilidades de las que no dudo ni un ápice, pero no lo advirtió en su anuncio y no es que no sea devoto de San Francisco de Asís, pero los animalitos deben estar en mejores espacios. Por ese detalle prosigo mi camino.

Segunda visita. “¿A qué hora se ducha?”, me pregunta la señora. Ni tiempo dio de presentar mis cartas credenciales. De inmediato pienso: será que le gusta que uno sea aseado. “A las 7:30, dado que entro a las ocho treinta al trabajo”, le contesto. “No”, me responde, “es muy temprano y mi habitación está al lado de la ducha y me despierta”. Con lo cual, imposible también “tirar de la cadena” del wáter a deshoras de la madrugada. Sin comentarios.

Pos nada, como dicen, y hasta logo. Bajo para abajo (sic), según me indica, y a “tirar p´lante como los de Alicante”.


Tercera visita.
Sonaba bien el aviso: piso todo exterior con vistas a plaza arbolada. Abre la puerta Doña Paqui, la señora que lo ofrece, y enseguida de ella dos perritos falderos que, sin ladridos mediante, se apropian de mis piernas con sus extremidades delanteras y se restriegan como en pleno mes de abril. Según explica, los tiene ahí temporalmente pues se los cuida y pasea a otros vecinos. Y en efecto, el piso es exterior, pero solo para ella y otra persona que ocupan esas habitaciones. El salón de su exclusividad. “Es que es mi sitio de recogimiento espiritual”, aduce. ¿Y el guante blanco de Jackson?, me pregunto. Para el que quiera llegar de nuevo está la habitación interior que, como dijera José Alfredo Jiménez, es “profunda y negra como mi suerte”. Además, las atractivas fotos del anuncio no se corresponden en nada con lo visto.

Cuarta visita. Con paisanos mexicanos que ofrecen una habitación “de lujo” y me dejan “colgado”, esperándoles fuera de su piso para verlo allá por el rumbo de Brónxtoles. Me dicen por un mensaje al móvil: “Agarramos la fiesta, ya nos pondremos al tanto”. Hasta ahora no he podido descifrar esa frase enlatada por la mexicana alegría.

Antes de la quinta visita fijé un aviso en internet con lo que yo buscaba, excluyendo las particularidades de las cuatro visitas anteriores. Parece que la búsqueda se refinó. Llamaron y escribieron personas que ofrecían algo similar. Nada espectacular quería, sólo una habitación con acceso a áreas comunes para hacer una vida normal, digna, tranquila. Alejada del régimen semicarcelario que tampoco he vivido, aclaro.

Quinta visita. Apartamento de lujo al que no le faltaba nada. Sólo un inquilino con dinero, no un mileurista, para dar como tres meses de fianza y mes que corre. Con nómina y referencias hasta de la Casa Real y la Moncloa. Ni tanto dinero y mucho menos referencias. Ni de la casa de empeño.

Sexta visita. Con un artista, escritor y ex roquero de la época de la “movida”, contemporáneo de Antonio Vega, recién divorciado, en el paro, con una novela en fase terminal y pelambrera a lo Jimmy Hendrix, que obligado por ese mélange de circunstancias tenía que alquilar la habitación restante para poder “llegar a fin de mes”. Le visito. Todo pintaba bien pero el hombre andaba “hasta las chanclas”, cayéndose de briago. Copa de tintorro en una mano y churro en la otra, de modo que ni de mano pudimos saludarnos. Ni falta que hacía. Por esos pequeños detalles no pudimos cerrar el trato. Aún espero ver en la librería su novela para leer el final, pues me la contó casi toda en media tarde con Riojas entre capítulos.

“No solo los viajes ilustran, sino también la búsqueda de vivienda”, concluyo con mexicano optimismo para poder continuar.

Gran Vía de Madrid. Foto: Juan Carlos Rojas.

Exhausto, de Herodes a Pilato(s), en medio de la ansiedad, angustia y desesperación, como en Toda una vida; y tentado a ir a hacer petición y promesa al Cristo de Medinaceli, comento con una de las Isabeles, (casi todas se llaman Isabel), compañera de trabajo, las dificultades del periplo por encontrar algo normal para compartir con gente común. Y me indica que ahí mismo hay un tablón de anuncios. Y vaya sorpresa: se alquila piso pequeño, cercano al trabajo y “tal y cual, Pascual”. Me entrevisto con los propietarios (previo casting con Rafa, el portero del bloque, que me pone al tanto de las peculiaridades de mis futuros vecinos no sé si con el ánimo de desalentarme). Pactamos un precio razonable dentro de la órbita madrileña y sin límite de tiempo. “¡Esté es!”, me dije.

He visitado no las siete casas, sino los “siete pisos”, y en el último me quedé.

Desde entonces puedo decir que ya vivo en la Villa de Madrid. Sé lo que es canela fina. Un piropo retrechero. Camino de Alcalá a la Gran Vía y me tomo un vinillo de Jerez, por supuesto, en Lavapiés; sin requiebro pero con mucha tremolina.

Y como dijera el Flaco de Oro: “…Madrid, Madrid, Madrid, pedazo de la España en que  (viví)…..”

¡¡¡¡Qué sí!!!!


*Compositores citados por orden de aparición: Agustín Lara (mexicano), Chava Flores (mexicano), José Alfredo Jiménez (mexicano), Antonio Vega (español).