«Pero llegó un momento, como un disparo en la nuca contra mi ingenuidad, en el que una máquina rechazó mi tarjeta bancaria y fue entonces cuando me di cuenta de que el queso era muy caro y que comprar aguacates para comer guacamole dos veces a la semana rayaba en la patología asquerosa del señor feudal», dice el protagonista de este relato, que se estrelló con la realidad después de haber soñado con una vida bohemia en Europa.

Por Octavio Escalante

Como muchos de mi generación, llegué a Europa con la intención de beber vino al estilo bohemio y obtener un empleo en un armatoste de acero, de lo más burocrático, para poder quejarme de él y de su rutina opresora a través de una novela corta en la que el personaje se despertara una mañana, después de una terrible noche, convertido en un monstruoso insecto.

Ésa era una opción. Otra opción era caminar la ciudad y narrar sus amarguras, en las que pocos ven belleza, convertirme en el amigo sincero de una prostituta vieja y sola y escribir un amplio poema que coronara su soledad y la mía. Esos dos ejemplos eran la punta de un témpano de posibilidades. Había leído tanto sobre las calles y el hollín de estas ciudades que ahora tocaba vivirlos de cerca. Como guía tenía poco más de diez biografías de autores que, en su mayoría, terminaron enfermos o locos, desplomados en una plaza o entre las sábanas sucias de sus deudas. Todo pintaba así, con ese encanto de las cosas añejas.

Mis primeras actividades consistían en andar por ahí. Caminé muchas veces por la orilla del río hasta salir por el palacio y escabullirme, a solas con los turistas, entre las estatuas y los árboles moldeados por los jardineros del rey. A cierta hora entraba en los museos gratuitamente, a ver, más que nada, cuadros que habían estado agitándome con el gusto de la idealización y que por fin tuve frente a frente. Otras veces me iba soltando por un recorrido casi programado, pero fortuito en realidad, en el que me detenía en tiendas de libros viejos y vinilos, acariciando con un asombro infantil el 36 Chambers de Wu-Tang Clan o el Cypress Hill 4. Solté unos billetes y seguí descendiendo para alcanzar a disfrutar de la vista en el Puente de los Suicidas, con esa baquetonada cortazariana o rayuelesca del cultureta que no tiene empleo y gasta y bebe como si trabajara. Oh, bebé Rocamadour, caballito de azúcar.

Sentía que mi chamarra negra, abotonada y larga, que parecía un saco, me daba cierta dignidad para andar por las tardes hacia el Retiro, mirando la gran fachada de una estación de trenes. Y que esa misma dignidad me permitía entrar impunemente a beber un tarro de cerveza en cualquiera de los bares contiguos. Era de esperarse que con esa actitud no sintiera el peso de los días.

Pero llegó un momento, como un disparo en la nuca contra mi ingenuidad, en el que una máquina rechazó mi tarjeta bancaria y fue entonces cuando me di cuenta de que el queso era muy caro y que comprar aguacates para comer guacamole dos veces a la semana rayaba en la patología asquerosa del señor feudal. Una exageración de mi parte que, no obstante, me parecía sensata, pues había hecho caso demasiado pronto al viejo dicho del inmigrante del sur: el que convierte, no se divierte. Pero ahora, que era necesario convertir y calcular la moneda, no había con qué pagar los próximos alquileres. A pesar de mi negligencia respecto al gasto, mis compañeros me ayudaron un primer mes. Esta responsabilidad pública, es decir, a la vista de mis compañeros de piso, me apuraba para conseguir un empleo y olvidarme por una breve temporada de caminar las calles con la melancolía inocua que nos dan dos o tres copas de vino.

En la segunda parte de este relato, que publicaremos mañana, sabrás en qué terminó la historia del bohemio protagonista. ¡No te la pierdas.