«Llamé  a un restaurante en el centro. Llegué muy de mañana a la cita y el hombre que me recibió, un peruano, me dijo que como prueba tenía que hacer una tortilla de patatas. Para ese entonces ya había aprendido a cocinar, más o menos, una tortilla de patatas, pero nunca había hecho una con doce huevos». Continúa así el periplo del protagonista de este relato entre reflexiones y cervezas compartidas en los parques de Madrid.

Por Octavio Escalante.

(Leer primera parte)

Revisé una decena de direcciones de editoriales más o menos emergentes, ofreciéndoles mis servicios como corrector de manuscritos, redactor de reseñas para las contraportadas y para la publicidad de sus libros. No quiero ni contar sobre las respuestas, siempre animosas pero desanimantes. Por las mañanas, cuando ya era hora de abrir los ojos, consentía un poco la ensoñación y a veces caía demasiado fácil en la forma en que ella me consentía a mí. Tomaba un libro, ya en la sala, con un poco de hambre pero aún sin ganas de echarme nada a la boca. El queso seguía siendo caro y, seré franco, podía prescindir durante meses de las quesadillas, sólo que aun no lo sabía. También podía prescindir de la carne de res, por supuesto. Y del pescado. Podía, de hecho, recurrir a la vieja y confiable patata de la que se alimentaron por tanto tiempo los pueblos.

Al principio, lo que me dificultó el desapego fue la cerveza. De las pocas cosas baratas que podía permitirme, siempre y cuando esa cerveza viniera en un envase de a litro y fuera bebida en el parque por compañeros ecuatorianos o, más comúnmente, por rumanos o rusos que tenían muy buenas cosas que contar; tan insospechadamente similares, en el fondo, a mí mismo. Las hojas secas de los árboles cayendo junto a nosotros, en el parque, y por otro lado la mujer con su bebé en la carriola, el hombre sudoroso, en licras, revisando su ritmo cardiaco en su reloj de pulsera, la jovencita de enormes lentes transparentes paseando con un enorme perro de porte impecable, de cabellos finos y perfectos en sus cuidados de shampoo y mimos y caricias.

No es mi intención exagerar, pero las cervezas que se toman en los parques son una cosa en verdad placentera, jugando a las cartas en una mesita de hierro mientras llega la noche y llega la hora, al final, cuando la cabeza ya descansa en la almohada, de preguntarse por qué caminos lograré regresar a un status quo que me permita volver a despreocuparme del alquiler y llamar en alguna ocasión a un amigo para invitarlo a comer un costillar asado en el sartén más grande de mi cocina. Trabajar. Esa palabra llena de obligaciones.

Llamé (sí, me quedaba el teléfono) a un restaurante en el centro. Llegué muy de mañana a la cita y el hombre que me recibió, un peruano, me dijo que como prueba tenía que hacer una tortilla de patatas. Para ese entonces ya había aprendido a cocinar, más o menos, una tortilla de patatas, pero nunca había hecho una con doce huevos. El peruano, que era el jefe de cocina, quizá adivinó inmediatamente que no tenía experiencia, pues cuando me puse a hacer la tortilla tomó su teléfono, se retiró apenas unos metros y le reclamó a su interlocutor que sólo le estaba mandando gente que no sabía nada del negocio, y que ya hacía falta que alguien le ayudara de verdad. Yo, por mi parte, me concentré en el sartén como si fuese un mandala. Tomé las papas, las pelé y comencé a cortarlas, en fin, todo el procedimiento para hacer la tortilla de patata. En algún punto de mi ritual para crear mi gólem comestible, se alzó una pequeña pero alargada llamarada de fuego amarillo, que apenas y contuve sin que mi potencial jefe directo se diera cuenta.

Al final me quedó una tortilla de puta madre, lo cual me fue reconocido, pero aun así el jefe de cocina me dijo que se necesitaba mucho más que preparar una buena tortilla para trabajar en un restaurante español de mediana calidad, que tiene que atender alrededor de 90 comensales por hora, turistas exigentes o borrachos, jóvenes del norte de los nortes que bajan hasta Madrid un fin de semana por alguna fiesta universitaria o españoles de todo tipo, en fin, que la cosa tenía que ser eficiente siempre, limpia, ordenada y frenética, y sin tiempo para enseñanzas a aprendices. Cuando vi cómo cortó una cebolla gorda sin necesidad de ponerla en la tabla de picar me di cuenta de lo que hablaba, me despedí, corté un trozo de la tortilla que había preparado y me lo fui comiendo hasta llegar a la Plaza de Sol y ver a un paisano, moreno como una baqueta, tomándose fotos con quien se dejara, atrapado en una botarga de Winnie Pooh.

Vi que se sentó en la base de la fuente y me acerqué a él. Se había quitado la cabeza de Winnie Pooh, sin poderse deshacer, por supuesto, del resto del disfraz. Estaba descansando. Limpiándose el sudor. Comencé a charlar con la confianza que ustedes, espero, también conozcan. Yo era un novato, ciertamente. Él tenía ya quince años de migrante, un hombre de unos 44 años. «Como sea, –me dijo– hay también muchos hombres mayores que pagan por sexo. Tú búscale. Lo que sí te digo es que te tienes que grabar en la cabeza, grabar como en piedra, que para avanzar hay que empeñarse. Súmale que no tienes ni papeles. Te puedes sedar con un licor con los amigos, pero eso es todo. Me imagino que no sabes la que te espera de trámites y otras cosas. No te duermas nomás y échale ganas«.

Luego me estrechó su mano acolchonada y calurosa de oso, se puso la cabeza y volvió a su trabajo. Como no sabía muy bien qué hacer, decidí comerme un bocata y beberme un tarro grande. El ajetreo de la charcutería era un gusto que, mientras tuviera el bocata y la cerveza a medias en la barra, debía disfrutar con todas sus letras y ya mañana se sabría.