Andrés Manuel López Obrador exige disculpas al Rey de España por los abusos durante la conquista con el argumento de una necesidad de reconciliación, pero no se puede reconciliar lo que sólo estaba enfrentado en mentes llenas de resentimiento y vacías de conocimiento de la historia. Se puede enriquecer nuestro conocimiento del pasado en una búsqueda conjunta sin exigencias y sin agitación diplomática.

Por Carlos Miguélez Monroy.

MADRID, España.- Las redes sociales y los grupos de Whatsapp de mexicanos en España se llenaron de memes y de comentarios por la noticia de una carta de Andrés Manuel López Obrador en la que «pedía» o «exigía», en función del medio que lo contara, disculpas por los abusos cometidos durante la Conquista. El Mundo desvelaba hoy que el presidente de México envió esta carta el 1 de marzo al Rey de España y al Papa Francisco, lo que significa que alguien la filtró a los medios pocas horas antes del discurso del presidente mexicano en Centla, en Tabasco, donde se produjo la primera batalla entre españoles e indígenas.

Los acontecimientos coinciden con la presencia en Madrid de Enrique Márquez, director de Diplomacia Cultural de la Secretaría de Relaciones Exteriores, que vino a España para explicar las líneas de su trabajo al frente de un cargo de nueva denominación para algo tan importante como promover la cultura mexicana en otros países.

Se conocían ciertas intenciones de abrir un espacio de reflexión sobre ese proceso histórico y dar cabida a voces que trasciendan a las que se basan en el testimonio de Bernal Díaz del Castillo y la correspondencia entre Hernando Cortés y Carlos V, de la que se han nutrido diversas actividades conmemorativas en España. Resulta difícil oponerse al enriquecimiento de la historia por medio de nuevas miradas y voces en ambos países, pero muchos mexicanos han recibido con estupefacción las declaraciones que López Obrador ha intentado matizar con palabras de «reconciliación». Pero no se puede reconciliar lo que nunca estuvo enfrentado, al menos en los términos simplistas que le atribuyen la mayor parte de los medios de comunicación.

En 1521, España no existía como realidad política y geográfica que hoy conocemos, sino en forma de reinos que abarcaban, en gran medida, lo que los romanos denominaban Hispania. De ahí que produzcan el mismo malestar y estupor afirmaciones como las de Pablo Casado, candidato del Partido Popular en las próximas elecciones, el 12 de octubre del año pasado: “¿Qué otro país puede decir que un nuevo mundo fue descubierto por ellos?”

Aún si aceptamos la continuidad histórica entre los reinos bajo el mando de Carlos V de Alemania y I de los reinos de Castilla y la España actual, se presenta una oportunidad para dejar de hablar de “la Conquista de México”. México surgió como producto de un encuentro de culturas, en ocasiones más en un encontronazo lleno de violencia, de discriminación, de abusos, de enfermedades y de miseria, pero en otras de un auténtico mestizaje basado en el enriquecimiento mutuo.

López Obrador tendría que acompañar sus exigencias reparadoras a los jefes de estado de otros países con una disculpa a los pueblos indígenas de México como Australia se disculpó con sus pueblos aborígenes y Justin Trudeau, presidente de Canadá, pidió perdón a los pueblos indígenas de su país. Los pueblos indígenas mexicanos, en el ostracismo desde que se consumó la independencia en 1821, cuando México emerge como realidad, han asistido a la aniquilación de sus lenguas, inexistentes en los programas educativos de todo el país, de sus costumbres y sus dietas ancestrales, y a cómo unos y otros esquilman sus riquezas naturales.

Si López Obrador pretende abordar abusos de multinacionales españolas y de otros países en sectores mineros, del agua y de la energía, tendrá que buscar los cauces adecuados mientras pone los medios para acabar con la corrupción nacional que permiten este saqueo.

Enrique Márquez llega a tiempo al equipo de López Obrador, aunque México necesitará más que diplomacia cultural para apagar fuegos provocados por lo que parecen ocurrencias pero que pueden representar signos de algo mucho más preocupante que puede poner en peligro no sólo las relaciones comerciales entre ambos países, en mejor momento que nunca. Sin querer y con «buenas intenciones», pueden también encender la mecha del resentimiento en ambos países y alimentar discursos de un enfrentamiento que no existía hasta ayer. Esperemos que se trate de ocurrencias y que el alud de acontecimientos diarios sepulten unas declaraciones que ruborizan a muchos mexicanos que viven en el país al que se dirigen exigencias o peticiones improcedentes si se mantiene un mínimo rigor histórico.